¿Deslegitiman las manifestaciones al Gobierno?

En este blog ya hemos comentado, en los pocos meses de Gobierno de Rajoy, lo poco que le gustan a los populares las manifestaciones cuando están en contra de ellos y lo mucho que las aprecian cuando están a favor. Los populares no son especiales, pues todos miramos con buenos ojos a los que nos favorecen y con malos a los que nos perjudican.

En lo que sí presentan una peculiaridad significativa los populares es en la dimensión que le otorgan a las manifestaciones adversas. Ellos rápidamente piensan que están prediseñadas para debilitar la legitimidad del gobierno y para tratar de alterar la realidad política por un medio diferente al establecido en una democracia liberal como la nuestra. En los comentarios de los fabricantes de consignas y de los seguidores de éstas, que se pueden leer en Twitter, está presenta la idea de que la verdadera intención de los manifestantes es llevar a cabo algún tipo de golpe de Estado.

El problema que yo veo en todo esto no es que sea falso, que lo es; no es siquiera que sea hipócrita, que lo es y mucho; el verdadero problema de estas afirmaciones es que reflejan una mentalidad un tanto peligrosa sobre los cauces por los que se obtiene la legitimidad para gobernar y por los que también, en sentido contrario, se pierden.

Carl Schmitt es un conocido pensador jurídico y político representante del pensamiento reaccionario netamente antiliberal. Schmitt cumplió diez años de condena impuesta por un tribunal alemán a causa de su implicación en el régimen nacionalsocialista.

Mantuvo Schmitt que la legitimidad se puede obtener por la suma de votos emitidos secreta y privadamente, lo que él llamó la ‘privatización de la política’ (o algo similar). Pero que la legitimidad obtenida en la urnas no vale más que la obtenida por la aclamación de la multitud. Y esto también es válido para la deslegitimación.

Después de cada gran manifestación contra el Presidente Rodríguez Zapatero los dirigentes populares insinuaban, con las más variadas formas, que la mayoría parlamentaria era contraria a la social. Con decenas de giros decían que en cada manifestación el gobierno perdía legitimidad para ser gobierno.

¿Era una estrategia comunicativa o un mero diseño de jugada? Podría parecer que sí, pero sus reacciones de estos días nos han recordado las de 2003 y cómo con toda seriedad consideraban tan golpistas y traidores a los manifestantes que se pensaron crear un delito militar con el que punir las manifestaciones civiles de aquellos momentos.

Y le tienen miedo a los manifestantes no sólo porque no les guste que les lleven la contraria, no porque sientan que la oposición está tomando la iniciativa y ellos comienzan a sólo poder defenderse sin llegar al primer trimestre de mandato, sino porque ellos son profunda y, a veces, inconscientemente schmittianos y consideran que hay formas válidas de deslegitimar a un gobierno fuera de las urnas, como lo pretendieron durante casi ocho años con Rodríguez Zapatero.

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