Después del Reich

Giles MacDonogh: Después del Reich: crimen y castigo en la posguerra alemana, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010. 996 páginas.

A veces hago una distinción que, en determinadas ocasiones, me resulta enormemente útil. Ésta consiste para tratar un hecho concreto en separar la explicación causal y la justificación moral. Decir que un hecho lleva a otro, no quiere decir que se justifique éticamente.

Esta distinción la he tenido muy presente en toda la lectura de este libro, en el que se narra el maltrato sufrido por el derrotado pueblo alemán tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Es útil no entrar a justificar estos hechos con los anteriores ni caer en la tentación de redimir unos en los otros. Cada calamidad se debe enjuiciar moralmente desde sí mismo y no desde el puesto causal que ocupa en una sucesión de hechos.

Hay que indicar, por lo que se dirá más adelante, que el texto no es ni negacionista ni revisionista ya que en ningún momento ni se niega ni se minusvalora ni es la existencia, ni la escala, ni la barbaridad moral que fue el Holocausto.

La documentación referenciada por el autor es amplia, aunque bastas partes del libro que dependen sustancialmente de algunas memorias personales provenientes de personas de los mismos estratos sociales e ideológicos. El resto de los materiales suelen ser utilizados más como ilustraciones o aclaraciones para la paráfrasis del memorial-base que como ladrillos para construir la narración.

El autor se fija en las atrocidades cometidas por las tropas soviéticas, con especial fijación cuando los soldados eran oriundos del Asia Central; en las de los norteamericanos siempre que los actores fueran soldados afroamericanos; en las de los franceses con la única condición de que los bárbaros fueran tropas coloniales argelinas o marroquíes.

Yo no niego los hechos, pero creo que faltan actores, empezando por los británicos, compatriotas del autor que parecen no haber hecho nada más que intentar el bien y la reconciliación universal.

El libro, que describe los hechos que han sido reflejados en otros libros y en multitud de trabajos audiovisuales, cae en demasiadas valoraciones, implícitas o explícitas, que no dejan de hacer sospechar al lector.

Todos los opositores al Nazismo, con la excepción de la derecha prusiana involucrada en el 20 de junio de 1944, son maltratados por el autor dando la imagen de que eran unos arribistas y aprovechados, ignorando en muchas ocasiones los pocos beneficios que, en sus vidas, la condición de opositores al Nazismo les había reportado. Da la impresión de que el autor se hubiera imbuido de aquella fatal confusión que hacía de los opositores al Nazismo unos enemigos del pueblo alemán.

Pero esto no es lo más inquietante. Con determinadas comparaciones entre el sufrimiento de unos y de otros se transmite la sensación de que se quiere hacer un juego de cuenta cero, algo así como que dos masacres en sentido contrario neutralizan la barbarie de ambas y limpia a quienes las perpetraron. Me reitero en lo dicho al inicio: un mal no se justifica en otro, solamente se suma.

Populismo diplomático

En el blog de ‘Evaristo, el rey de la baraja’ se ha mostrado cómo muchas de las peticiones mágicas de reducción del déficit son erróneas. En una de esas asambleas populares, que en verano fueran tan frecuentes, se proponía liquidar todo el déficit eliminando el Senado (por mí encantado), reduciendo el número de embajadores y eliminando las subvenciones a partidos y sindicatos, fueran finalistas o no finalistas.

El autor del blog, con los datos de los Presupuestos Generales del Estado, muestra a todo el que lo quiera leer que esas medidas no tocarían ni de lejos el problema del déficit, cuyo origen está en otro sitio.

No me ha resultado raro que las propuestas y el objetivo a conseguir, una vez contratados con los datos, se manifestaran realmente equivocados. Lo que sí me ‘ha dolido’, por decirlo que alguna manera, es que la reducción de embajadores pueda ser una idea popular y querida por la población (no nos engañemos, en esas asambleas se juegan al ‘populismo’).

No es la primera vez que en este blog hablamos de la necesidad de reformar, ampliar e invertir en nuestro servicio exterior. Que eliminar embajadores sea algo popular se debe a la idea, equivocada, de que los diplomáticos son una especie de lujo y no una necesidad de un Estado.

Gastar en servicio exterior es invertir. Una inversión que si se hubiera hecho hace tiempo nos hubiera ahorrado parte de los costes del día de hoy. Un país necesita estar presente, estar informado, tener capacidad de influencia en otros países, transmitir su visión de las cosas, vender su imagen y sus capacidades, facilitar el terreno a nuestros productos y captar inversiones. Eso y más es lo que tiene que hacer un servicio exterior y dejarlo sin dinero ni recurso no es ahorro, ni austeridad, ni nada, es desinvertir.

La no invasión


En Libia la cosa ha salido muy bien. Occidente ha dejado claro que nunca perdona ni olvida a los que se le enfrentaron y por ello ha quitado el poder a Gadafi con la ventaja de no tener que poner un solo soldado sobre el terreno.

Ha quedado claro que si uno tiene una estructura política de base (en este caso las tribus discriminadas por Gadafi), unos combatientes numerosos dispuestos a ser carne de cañón, solamente necesita, para hacerse con el poder, que los países occidentales le presten la fuerza aérea, la neutralización de la fuerza aérea del adversario y proporcionen información de inteligencia.

Los que han tomado el poder ahora en Libia no tienen nada de buena pinta, pero saben que lo que no pueden hacer es enfrentarse a Occidente, porque entre ellos hay demasiados que están deseando recibir el apoyo externo cuando sea necesario.

Tunicia ha celebrado hoy elecciones. Egipto todavía no y los militares, los que ya estaban con Mubarak, siguen dirigiendo el país. Libia acaba de instaurar un régimen que debe ser provisional. No sabemos hacia dónde van los países de la ‘primavera árabe’, qué sucederá en Yemen (parece lógica la solución tribal como en Libia) o en Siria (parece factible la solución militar como en Egipto). Desconocemos si veremos la extensión del ‘modelo turco’ o la proliferación de una nueva generación de satrapías islámicas y sumisas en lo esencial.

Lo que sí ha quedado claro es que se puede ‘invadir’ sin invadir, como se hizo en Afganistán antes de mandar tropas a ‘reconstruir’ y ahora se ha hecho en Libia una vez aprendida la lección en Asia Central. Unas operaciones que reducen el coste económico y humano y que según parece puede tener el mismo éxito. Puede que estemos ante un nuevo sentido de lo que es ‘invadir’.

¿Puede un independentista ser un buen católico?

La Conferencia Episcopal ya ha hecho su tradicional recomendación para el voto en las Elecciones Generales (al PP, como siempre). El octavo párrafo del documento es encantador y me hace formular la pregunta que da título a esta entrada: ¿puede un independentista ser un buen católico?

Pero comencemos por reproducir el mencionado párrafo:

8. Recordamos de nuevo que se reconoce la legitimidad moral de los nacionalismos o regionalismos que, por métodos pacíficos, desean una nueva configuración de la unidad del estado español. Y también, que es necesario tutelar el bien común de la nación española en su conjunto, evitando los riesgos de manipulación de la verdad histórica y de la opinión pública por causa de pretensiones separatistas o ideológicas de cualquier tipo.

Llama la atención es el intento de equilibrio que intenta mantener, ya que no condena a los nacionalistas ni a los regionalistas, sino todo lo contrario, les reconoce ‘legitimidad moral’. Esta justificación procede de la acertada idea de que las dos fuerzas nacionalistas (PNV e CiU) tienen elementos confesionales católicos.

Lo que ya no es demasiado explicable es el patinazo de confundir ‘nacionalismo’ con ‘regionalismo’, es decir, que igualar lo que piensan en CiU o PNV sobre la configuración política de Catalunya o Euskadi con lo que piensa Revilla respecto a Cantabria en esta materia. El ‘regionalismo’ no es ‘nacionalismo’, sino una especie de ‘sindicato territorial’.

Buena parte del PNV o una amplia proporción de CiU tienen en perspectiva la independencia de sus territorios, cuestión que parece inadmisible moralmente para los obispos católicos ya que la máxima aspiración nacionalista que aceptan es una ‘nueva configuración de la unidad del estado español’, es decir, una distribución diferente de las competencias entre las autonomías y el gobierno central.

Pero lo mejor está por llegar y es la segunda parte del párrafo, algo así como la ‘cláusula centralista’ del credo niceno-constantinopolitano. La nación española (siempre en minúsculas) es tratado como un ‘a priori’ y no como un ‘a posteriori’ de la historia, por ello hablan los obispos católicos de la necesidad de tutelar, por el bien común, la labor de los historiadores para evitar riesgos que no especifican, no sé si porque quieren ocultarlos, no son riesgos o ellos mismos los desconocen.

Los malos, en todo esto, son los separatistas, que deben ser así como unos nacionalistas malos. Para los obispos ser nacionalista no es malo del todo siempre y cuando no se sea separatista, dicho en otras palabras, mientras se sea un nacionalista que renuncia a tener un estado propio. A partir de este párrafo podemos concluir que es moralmente reprobable, desde la doctrina de episcopado católico español, ser separatista y que un buen católico no puede querer la independencia de La Rioja.

El problema es que, por más que uno remueve la doctrina católica, no encuentra ni en los enunciados pontificales ni en el hacer precedente de la Iglesia nada en este sentido: ¿eran malos católicos los irlandeses que querían la independencia del Reino Unido?

Partido de doble cara

Lo que más claro tiene la derecha española es que lo más importante que hay en el mundo son unas elecciones ganadas. Nada importa cuando hay una victoria electoral por medio y todo, absolutamente todo, se supedita a ésta. Para quien tenga alguna duda que recuerde lo acaecido después del 11-M.

Desde que se conoció el anuncio del fin de la actividad terrorista de ETA, la derecha española se ha dividido el trabajo. Mariano Rajoy se ha puesto el traje de hombre razonable, centrista y próximo jefe de gobierno. La misión de Rajoy es no espantar a nadie.

Luego están Pedro J. Ramírez y toda la caterva mediática derechista. Ellos tienen que mantener caliente el ambiente, ellos tienen que mentir y atemorizar, ellos tienen que seguir insultando al Presidente del Gobierno porque su misión en todo esto es mantener a las bases más rancias en perfecta formación para llegar al día 20 de noviembre.

R. Senserrich lo describe muy bien lo que sucederá cuando Rajoy gane las elecciones:

Bueno, recomiendo que guardéis todos estos comentarios, predicciones y alegaciones de desastre apocalíptico. El 21 de noviembre, con Mariano Rajoy ya como presidente electo, la derecha mediática va a tener un maravilloso ataque de amnesia y empezarán todos a hablar de sentido de estado, reconciliación y demás palabras altisonantes, mientras ignoran alegremente acercamientos de presos, palmaditas en la espalda, negociaciones explícitas y demás traiciones al estado. Más concretamente, traiciones al estado bajo gobiernos socialistas; cuando mande el PP, todo eso serán actos perféctamente normales dentro de la ley y aplaudirán con las orejas.

Ese día era hoy

Ese día, el del fin de la violencia etarra, era hoy. Es un día que les corresponde a todos aquellos que mañana podrán vivir con una tranquilidad que hasta ahora se les ha negado. Es un triunfo de los modos democráticos sobre los modos violentos, uno más.

Es innegable la corresponsabilidad que tienen numerosos actores sociales y políticos en el fin del terrorismo, algunos de los cuales han tenido que soportar sobre sus cuerpos y conciencias el sufrimientos de los atentados y de sus consecuencias.

Como ya han dicho muchos de los que han hablado o han escrito sobre este trascendental hecho, queda mucho por hacer y hay que andarse con sumo cuidado para que dentro de una década el terrorismo en nuestro país se sienta como algo ajeno. Y de estas cosas me gustaría reflexionar.

El fin del terrorismo no es el fin ni del nacionalismo vasco, ni de la izquierda abertzale. Ahora es el momento de dejar claro que creíamos en lo que decíamos al afirmar que democráticamente y sin violencia todo era posible. La izquierda abertzale va a entrar con más fuerza que nunca en las instituciones y su objetivo es diáfano: la independencia de Euskadi.

La derecha ya ha tenido sus habituales salidas de tono y manifestaciones de su poca clase y menor educación. Pero ellos saben que lo más probable es que sea un gobierno del PP el que tenga que gestionar los siguientes pasos del fin del terrorismo etarra. El hecho de que hipotéticamente sea Rajoy el que tenga que tomar decisiones difíciles nos ahorre un ambiente irrespirable. Y que nadie se equivoque: el PP acercará presos porque ya lo hizo y será ‘generoso’ porque ya estuvo dispuesto a serlo. Que nadie se confunda con las palabras: ninguna organización terrorista se ha disuelto al dejar de atentar, sino que se ha transformado en formación política o se ha incorporado a alguna existente; lo que están diciendo en el PP es una tontería inmensa y lo peor es que ellos lo saben.

Todo lo que hoy se han anunciado no implica necesariamente que no vaya a haber algún atentado más. Dadas unas series de características existenciales del terrorismo es lógico que haya alguna escisión que bien por razones ideológicas, económicas o de ambas haga alguna salvajada. No tendrán repercusión porque le faltará lo que a ETA lo ha sostenido hasta hace bien poco: la base social.

Como nadie defiendo la Memoria y la necesidad de no olvidar a las víctimas, pero también defiendo que la soberanía nacional no se transfiere en un atentado. Al igual que habrá cabreados en el entorno de ETA por el fin del terrorismo, los habrá en determinados sectores por lo mismo y porque se quedan sin argumentos políticos ya que hay discurso que se han construido sobre el aprovechamiento político y personal del terrorismo.

He reconocido al inicio que hay una corresponsabilidad de muchos, pero no por ello me gustaría obviar el papel decisivo que, sin lugar a dudas, ha desempeñado el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Ocho años de Presidencia buscando el fin de ETA mientras era acusado de traidor, amigos de terroristas o de asesino todos los días, a todas horas, desde muchísimos medios que instrumentalizan a las víctimas para vender su dolor y hacer política de las más bajas pretensiones. Rodríguez Zapatero ha sabido llevar a fin un trabajo de mucho, con un enorme desgaste personal y político. Rodríguez Zapatero ha sacrificado mucho para que llegara este momento, eligiendo el camino difícil de lo mejor en vez del fácil de reaccionar con golpes de pechos a la espera del siguiente atentado e intentando sacar rédito electoral.

Un BOE histórico

El pasado día 27 de septiembre el Boletín Oficial del Estado publicó el texto de la reforma del artículo 135 de la Constitución Española, en un número especial y con la reforma en todas las lenguas oficiales del Estado. Como en nuestro país no le tenemos demasiado gusto a esto de las reformas constitucionales, la publicación de una reforma constitucional es un hecho raro dentro de nuestro diario oficial y nada más por eso merece la pena referenciarlo.