Un Presidente peculiar

Cuando uno reflexiona sobre los Presidentes que la España democrática ha tenido desde 1977 puede encontrar ciertas “pautas” de comportamiento político, cierta concomitancias en su llegada a La Moncloa, determinados ciclos en el desarrollo de sus presidencias, etc.

Estas pautas salen, con un poco de generosidad, pero hay un caso que rompe con todas las “regularidades” que uno se capaz de encontrar entre los presidentes españoles: la Presidencia de Leopoldo Calvo Sotelo.

La primera característica propia es que fue la Presidencia más corta desde la aprobación de la Constitución: menos de dos años.

Ha sido el único Presidente que lo ha sido que nunca se presentó a las Elecciones Generales como candidato a la Presidencia del Gobierno. Calvo Sotelo fue también el único Presidente del Gobierno que sucedió a otro Presidente de su mismo partido (desde entonces las sucesiones siempre han supuesto un cambio de partido en el gobierno).

Estas dos últimas peculiaridades crean una nueva peculiaridad si las vemos en conjunción. Calvo Sotelo ha sido el único político español que ha llegado a la cúspide política gracias a una “conspiración palaciega” dentro de su partido.

Entorno y lectura

A propósito de mi entrada sobre la lectura obligatoria, J. Galindo habló de su experiencia personal reflexionando, a partir de ella, sobre la importancia del entorno. El último Informe PISA (que da una valiosa información además de la mediática “clasificación”) insiste en este punto, con datos de los últimos informes, sobre el rendimiento de los estudiantes que aspiran a estudiar Medicina y que tienen progenitores médicos.

El problema que se plantea, en Educación, no es incentivar determinados hábitos como es la lectura cuando el medio del alumno es proclive, sino el mejor modo de conseguir esos objetivos cuando el medio del alumno es neutro o incluso contrario. La Educación tiene mucho de socialización, al menos en mi opinión, y creo que en este punto es uno de los muchos en los que nuestro sistema educativo falla garrafalmente.

Consensualismo y regla de la mayoría

Jorge Galindo y Roger Senserrich han escrito dos entradas sobre la imperiosa necesidad de emprender reformas económicas después de que la EPA haya arrojado un dato que traspasa la barrera del 20% de parados.

Ambos tienen la impresión de que en nuestro país nadie se está tomando en serio la crisis y sus consecuencias, ninguno de los protagonistas políticos, los actores sociales y la mayor parte de la ciudadanía. Una crisis que parece no terminar nunca y una crisis que no para de agravarse al menos en lo relativo al mercado laboral.

Está dando vueltas una propuesta de reforma laboral que intenta importar a nuestro país el llamado modelo austriaco, aunque con modificaciones que bien podrían evitar las ventajas que este modelo tiene. Una reforma que, como muchas otras anteriormente, es probable que se quede empantanada en el sistema político español.

El mito del consenso y en el deseo de todo político de tomar decisiones sobre las que todos los afectados están de acuerdo, impide en muchas ocasiones que las decisiones terminen de adoptarse o si se adoptan que se hagan con la contundencia necesaria o con la pureza que la circunstancias requieren.

El hecho de que los más diversos actores económicos y sociales tengan una participación decisiva en la toma de decisiones, acerca nuestro sistema político nuevamente a Austria, a la Austria posterior a la Segunda Guerra Mundial, donde las instituciones políticas no tenían otra función que la de ratificar y dar forma legal a las decisiones y acuerdo que se fraguaban y se cerraban fuera de sus paredes.

Al final las decisiones son tomadas por instituciones legitimadas democráticamente y otras que no lo están, al representar intereses concretos. Se le concede a estos actores económicos y sociales un derecho a veto que está fuera del diseño institucional de una democracia.

El mito del consenso arranca en la Transición y ha contaminado toda nuestra historia democrática. El mito del consenso se ha llegado a imponer sobre la norma fundamental de la Democracia, que es la regla de la mayoría, concediéndole en el imaginario social una importancia de la que parece que cualquier gobierno no puede terminar de deshacerse nunca, por miedo a las consecuencias electorales que pudiera tener el deseo de gobernar sobre la base de tener una mayoría ganada en las urnas.

¿Qué buenos libros me hubiera perdido de no haberlos leído por obligación?

Cuando llega el día del libro, además de las consabidas escenas de libros en las calles y la generalización a todo el territorio de la hermosa tradición catalana de regalar un libro y una rosa, vemos en los informativos como se aprovecha el evento para sacar diversas campañas de fomento de la lectura, con todo tipo de cabalgatas, pasacalles, disfraces y todo tipo de actividades para hacer más atractiva la lectura menos leer.

Sé que es impopular pero creo que la lectura es como la cerveza, al principio no gusta hasta que no puedes vivir sin leer (o sin tomar cerveza). La lectura tiene que ser introducida e incluso obligada por cuanto no suele ser, salvo excepciones, una actividad espontánea.

Reconozco que hay muchos libros que me han fascinado y que leí por obligación. Desde una colección de artículos de Quine hasta Tiempo de silencio, en los ya lejanos tiempos del COU. Por obligación puede que haya tenido que leer muchos libros indeseables, pero también me ha permitido acceder a obras de las que mi natural pereza me hubiera apartado para siempre.

Tres debates son demasiados

Clegg, líder de los liberales demócratas británicos, fue la sensación del primer debate protagonizado por los tres potenciales “primeros ministros” del Reino Unido. Las encuestas lo colocaban como vencedor (que es lo único que importa realmente en los debates) y su partido recibía la máxima intención de votos en los sondeos que se publicaron inmediatamente después del debate.

Llegó el segundo debate y, con buenos números, la sensación de esa primera intervención (vista por el doble de audiencia que la segunda) se ha ido desvaneciendo progresivamente, hasta empatar (más o menos) con el candidato conservador y el candidato laborista.

Todavía le queda a los liberales demócratas un tercer debate. Al algunos les puede parecer que su líder comienza, demasiado pronto, a repetirse en algunos puntos o a usar en exceso determinadas expresiones. Muchos de los que normalmente no siguen la política y se acercaron con curiosidad a los debates (los primeros televisados en las elecciones en el Reino Unido), vieron a alguien nuevo y a un partido nuevo (realmente el Partido Liberal era uno de los más antiguos del país) pero pronto pueden cansarse de esta novedad y volver a lo conocido de siempre y a lo que menos riesgo implica.

Un nuevo ingrediente

Al PP el tema de la economía y de los parados le importa bien poco y parece que está fuera de sus temas para ganar las elecciones. Parece que consideran que el peso de la cuestión es tal que centrarse en esta cuestión daría la sensación, como la ha dado en anteriores ocasiones, de que se alegran con cada dato negativo de paro.

El PP lleva tiempo yendo a lo seguro, a lo que le dio la victoria en las Elecciones Generales de 1996, en una estrategia de “regreso a los noventa”. Había algo de lo que mencioné en la entrada enlazada que les faltaba y era la manipulación de TVE.

El actual Presidente de RTVE fue elegido por consenso entre los dos  principales partidos en la Cortes y el elegido, Oliart, presenta caracteres más cercanos a la derecha que me hicieron y me hacen pensar que su nombramiento era la compensación por una cesión por parte de los populares.

Ahora los conservadores se lanzan a decir que en los informativos de TVE se manipula y se informa contra el PP. La verdad es que los informativos de TVE son, en mi opinión de una neutralidad exasperante y retrospectivas como la del ‘Caso guerra’ emitida esta semana poco ayuda a fundamentar la acusación del PP.

Es una estrategia. La verdad importa poco o nada siempre que se consiga crear un ambiente subjetivo lo suficientemente proclive a las tesis que se mantienen. Y mientras las televisiones autonómicas de las comunidades gobernadas por el PP (especialmente la Comunidad de Madrid o de la Comunitat Valenciana) dando un clamoroso ejemplo de cuál es el modelo de los populares para las televisiones públicas.

“La cinta blanca” y “El secreto de sus ojos”

Durante el fin de semana he visto dos películas que han triunfado, en el mundo de los premios cinematográficos y las nominaciones a estos: “La cinta blanca” y “El secreto de sus ojos”.

La primera, alabadísima por concienzudos críticos, me pareció aburrídisima a pesar de que “muere hasta el apuntador” o precisamente por ello. Lenta, sin ritmo, se recrea en su fotografía y en algunos estereotipos sin demasiado matiz. Esta película alemana, nominada al Oscar a la mejor película en lengua no inglesa, tiene todos esos elementos “culturetas” que tanto encantaron a una generación excesivamente enajenada por el cine sueco. Lo de los “orígenes del fascismo” que dicen los críticos que narra esta película, sinceramente, me parece una sobreinterpretación.

La segunda ha sido “El secreto de sus ojos”. Guión esplendida y ágil, con interpretaciones y caracterizaciones soberbias. Un caso de asesinato, unos personajes (funcionarios judiciales) que se desprenden de lo anodino que “a priori” pudieran tener para transformarse en articuladores de una historia de las que te tiene pegado al asiento. Investigación y sensibilidad, una mezcla que produce eso que llaman “empatía” y amor al cine.