Unidad contra democracia (II). Charlando con Egócrata

Egócrata, en su magnífico blog “Materias Grises”, ha contestado a mi entrada sobre “Unidad contra democracia”. Como me apetece charla y reflexión en común, me dispongo a darle una segunda vuelta a este tema. La verdad es que creo que su respuesta es complementaria, en líneas generales, a mi entrada.

Tengo claro que los electores castigan la división interna de los partidos políticos, pero paralelamente anhelan una mayor democracia dentro de los partidos. Egócrata mantienen que prefieren saber quién manda y que el que manda será obedecido por los demás y tiene razón, pero aún queda en el aire la explicación de las causas de esta contradicción.

Me remonté a la cultura política creada durante el Franquismo para intentar hallar esa explicación en España. La unidad es sobrevalorada sobre la democracia interna, cuando se reclama esta última, porque se ha introducido en la forma que los españoles tenemos de afrontar la política: muchas divergencias accidentales pero se quiere converger en lo importante, en lo que nos lo jugamos verdaderamente.

Cabe igualmente que los españoles respondamos que queremos democracia interna sencillamente por decir lo que se espera que digamos, no por convencimiento o porque sea lo que verdaderamente valoremos a la hora de votar. La satisfacción del encuestador o, simplemente, decir lo que suena bonito es otra posible explicación de esta contradicción. La idea de que la unidad es superior a la democracia me parece que está más en el trasfondo en la elección que la “elección racional” que la que propone Egócrata.

El problema de los equilibrios con los que los partidos españoles (y de otros sitios) resuelven sus cuestiones internas lo que hace es perpetuar los problemas. La mejor forma de tener peso en un partido es agruparse con tres amigos, dar un poco la lata y se ganarán a perpetuidad una cuota en el nivel en el que estén.

Siempre me ha encantado una cosa que dijo Egócrata hace tiempo: que en Estados Unidos se escogen los líderes como hombres, con los problemas que esto genera, pero lo que está claro es quién gana y el que pierde al final. Cuando no hay vencedores ni vencidos hay que repartir el pastel del poder interno entre personas que en muchas ocasiones se representan a sí mismas con serias dificultades. Así los equilibrios perpetúan y le dan validez a representaciones virtuales sobre representaciones reales, a las que no dejan emerger.

Los aparatos de los partidos, es decir, ese conjunto de trabajadores de la estructura del partido y de cuadros medios que siempre intentan quedarse, son los que más ventajan le sacan al tópico de la unidad. Que no haya movimiento dentro del partido, o que las variaciones sean inclusivas, les garantiza una permanencia independiente hasta de la propia marcha electoral del partido.

6 comentarios en “Unidad contra democracia (II). Charlando con Egócrata

  1. La cuestión es, yo no quiero que un partido sea una dictadura electiva, con la tendencia perdedora abocada al exilio en el parlamento europeo o algo peor.

    Yo quiero que el jefe escuche e incluya todas las ideas razonables, y no que se lie a ostias cada dos por tres, con los perdedores saliéndose y formando otro partido, a la francesa, para ver quien es el verdadero Gaullista.

    Y no te preocupes sobre equilibrios ficticios. Sí, a veces suceden (los socialistas de Madrid saludan a cámara), pero en general la ley de la gravedad acaba con todo chiringuito: si un partido pierde elecciones sin cesar porque está gobernado por garrulos, o el partido desaparece (como los Laboristas estuvieron cercanos de conseguir) o es “purificado” cuando finalmente una mayoría de gente sensata le pega fuego a todo.

    Mira si no de dónde salió Zapatero, o dónde va ir a parar Rajoy a este paso.

    Es la belleza de las instituciones: sólo son sólidas si representan algo sólido. Si la estructura de poder no es razonable, se extinguen. Es bastante sencillo :-).

  2. Ya que has sacado al PP. Rajoy va a permanecer porque va a manejar el aparato y los mandos regionales, pero tendrá que pagar tasas cada vez mayores a cambio del apoyo.

    El estilo del dirigente dependerá de lo listo que el tipo sea (si es un cenutrio sólo escuchará a su camarilla). Ser elegido democráticamente no es ser un dictador electivo, porque él mismo puede caer por los mismos medios que lo encumbraron. El problema es cuando el sistema es solamente aparente.

    En el fondo el asunto es aceptar la decisión de las urnas o no. Después de un proceso democrático el que siga creyendo que ha ganado con menos votos que otro, pues o se va o se le echa.

    La cuestión creo que sigue siendo la misma: ¿por qué se echa de menos la democracia interna de los partidos y luego se castiga a los partidos que la tienen?

  3. Porque no es la pregunta adecuada :-).

    Los votantes no castigan al partido que tienen democracia interna; castigan a los partidos que están divididos. Si un partido vota en unas primarias, sale digamos Tony Blair y nadie dice ni pío en el partido, los votantes no castigan a los laboristas. Si un partido hace primarias y los votantes si lían a guantazos porque los perdedores no están contentos (Borrell), los votantes lincharan al jefe con infinito entusiasmo. Y con razón.

    La cuestión no es cómo escogen el líder. Como si lo quieren hacer por sorteo, vamos. La cuestión es si están todos a una cuando escogen a alguien o no.

    La pregunta debe ser: ¿Por qué los votantes castigan a los partidos incapaces de ponerse de acuerdo sobre quién manda? La respuesta es porque es racional: asegura que el gobierno funcione bien, y que los partidos acepten las disensiones internas.

    No es tan complicado ;-).

  4. ¿No crees que muchas veces se confunde democracia interna y división? Tomemos al PP nuevamente de ejemplo… hasta el Congreso de junio vivirá un proceso de democracia interna, pero si hubiera elecciones sería castigado porque se habla de dos candidatos.

  5. Efectivamente, pero costó una barbaridad, recuérdalo, que se aceptase un Congreso abierto, con cuatro candidatos. Estoy de acuerdo que los procesos electorales internos no pueden estar abiertos indefinidamente, como tampoco debe pasar en la política general.

    Si en los partidos hubiera cultura democrática, podrían darse procesos electorales rápidos, limpios, aclaradores y después de los cuales todo el mundo se pone a detrás del que ha ganado la elección interna… pero que la haya.

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