Privatizaciones polacas

Una noticia sobre un fuerte proceso privatizador en Polonia me hace reflexionar sobre las privatizaciones. España ha vivido desde la consolidación de la democracia un fuerte proceso privatizador que ha hecho que el Estado se deshaga de casi todo su sector industrial y de servicios.

Las empresas, en el momento de ser privatizadas, ya no eran esos engendros de pérdidas que se heredó del Franquismo, sino que eran empresas rentables. Nunca he terminado de comprender las profundas razones que justificaron la despatrimonialización del Estado.

Un camino que otros países no siguieron (a pesar de que nos vendieron que la despatrimonialización era un imperativo de la UE) y prefirieron quedarse con las empresas públicas, haciéndolas competir libremente en el mercado. Estos Estados mantienen unos ingresos patrimoniales anuales que, a medio plazo, superan lo ingresado por la venta de sus activos.

Ya existe refugio para los descontentos del PP

La refundación de Alianza Nacional, transnominada como “Partido Popular”, hizo posible que, a nivel nacional, no hubiera otra formación a la derecha del PSOE que el PP y más cuando el CDS se suicidó políticamente pactando mociones de censura en autonomías y municipios con los populares.

Los apoyos mediáticos del PP durante la pasada legislatura y campaña electoral dieron cancha a la entonces eurodiputada socialista, Rosa Díez, y al nuevo partido que se dispuso a fundar. El problema es que la promoción de los medios de derecha se hizo entre sus propias filas y la mayor parte de los electores de UPyD provinieron del PP y no del PSOE como era su intención.

El efecto no pretendido se ha producido y ahora vuelve a haber una formación entre el PP y el PSOE. Los desencantados del PP, básicamente todos los sectores críticos regionales que ven a Rajoy abrazar a sus enemigos porque necesita de su apoyo en el Congreso, se plantean buscar un nuevo refugio política, en el que poder reeditar sus pasadas glorias políticas.

Como antes dije, hasta ahora la derecha no ha tenido un partido con algo más que unos militantes enfadados con el PP. Ahora existe la UPyD, que tiene un escaño en el Congreso, ganado en las elecciones y no con tranfuguismo, lo cual es un capital político de cierto interés, cuando dentro de tres años habrán elecciones municipales y autonómicas y la nueva formación va a presentarse y medirse en su reválida política.

Los que se vayan desencantados del PP y reparen en la UPyD intentarán hacerse con las riendas a nivel local o regional, reinventándose como los más centristas y liberales que nunca Celtiberia haya conocido, pero lo que realmente harán es buscar su segunda oportunidad. Esa segunda oportunidad la intentarán construir atacando explícitamente al PP, que es respecto a quienes están resentidos.

Que se vaya un grupito de ex dirigentes o de ex cargos públicos no es grave. Ha pasado, pasa y pasará. El verdadero problema para el PP sería que esta migración también sean de los votantes más centristas o menos de derecha que piensen que Rajoy no les gusta o que Aguirre les gusta menos.

Antes, cuando había poder a borbotones y perspectivas de mantenerlo, nadie se atrevía a irse a otro sitio, tanto porque siempre había esperanza de salir del estado de desgracia y, además, porque no había a donde ir, dada la triste experiencia de muchos pequeños partidos regionalistas creados a partir de escisiones del PP. La UPyD puede convertirse en el refugio del PP.

El dudoso beneficio de la abstención. Elecciones europeas

A través del nanoblog de nuestro Becario en Moncloa, he conocido una entrada de Borja Suárez en el blog “Dominio Público” del Diario Público. Trata de la caída de unos de los grandes mitos electorales españoles: la victoria del PSOE depende de la participación, ya que con una participación baja, el PSOE no está en condiciones de ganar. Dicho de otra manera: la victoria o derrota del PSOE dependería de que la izquierda fuera a votar o no (“la izquierda volátil”).

Borja Suárez analiza los resultados en relación con la participación tomando, casi siempre, a las comunidades autónomas como objeto de estudio. Llega a formular una tendencia, porque hay excepciones, con los resultados de las elecciones del 9 de marzo. Esta tendencia indicaría que en las autonomías en la que la participación ha subido, normalmente ha subido el voto del PP, mientras que en las zonas con menos participación respecto a 2004, el PSOE ha subido.

El problema teórico es que tanto lo que expone Borja Suárez como la “teoría de la izquierda volátil” pueden ser refrendadas con los datos del 9 de marzo. Aunque la participación de 2008 haya sido inferior a las 1993, 1996 y 2004 sí están en el tramo alto de participación. Pero el contrario, si en vez de estudiar los resultados a nivel nacional, lo hacemos a nivel autonómico el dogma por los aires en casi todos los sitios.

En consecuencia nos encontraríamos en una situación teórica parecida a la de la Física, que tiene una teoría para las explicaciones macroscópicas y otras para las subatómicas (si no lo han resuelto ya). ¿Cómo podríamos resolver esta encrucijada entre dos explicaciones contrapuestas y ambas provisionalmente válidas? Siguiendo a Ian Hacking propongo hacer un experimento crucial.

Los procesos electorales con una participación más baja en España son las Elecciones Europeas. Tienen la ventaja epistemológica de que la circunscripción es nacional, por lo que podemos comparar el comportamiento con los resultados nacionales de las Elecciones Generales.

Participación y resultados en las Elecciones Europeas

 

Participación

PSOE

PP

2004

45.14 %

43.46 %

41.21 %

1999

63.05 %

35.33 %

39.74 %

1994

59.14 %

30.79 %

40.12 %

1989

54.71 %

39.57 %

21.41 %

1987

68.52 %

39.06 %

24.65 %

Las dos Elecciones Europeas con menos participación han sido las de 1989 (54.71%) y las de 2004 (45.14%). Ambos procesos tuvieron como vencedor al PSOE, dándose además el caso de que la mayor diferencia a favor de los socialistas se dio en 1989 (18.16%). El mejor resultado del PP se dan en las Elecciones Europeas de 2004, las que menos participación tienen, pero los dos siguientes mejores resultados del PP se dan en la que ha tenido más participación (1999 con el 63.05%) y en la tercera con más participación (1994 con el 59.14%).

La tendencia que observamos es que la baja participación no está reñida en las Elecciones Europeas con el triunfo del PSOE, ni la alta participación excluye el triunfo del PP. Si tomamos como válida esta conclusión podríamos formular una hipótesis según la cual la abstención beneficia al PP y al PSOE dependiendo a la cuota de ésta, ya que sus respectivos electorados se movilizan alternativamente y por tramos.

Sé que todo lo que digo en esta entrada es muy arriesgado y mi aparato matemático es deficiente, pero me parece que merece la pena discutirlo.

La involución en Izquierda Unida. La propuesta de Anguita

Julio Anguita ha vuelto a la carga. Según ha informada la prensa ha presentado un documento en el que expone su perspectiva sobre la crisis y las posibles salidas de Izquierda Unida a la profunda crisis que padece. Anguita está en su derecho de presentar tantas ideas como las que considere oportunas, pero también debería hacer un poco de autocrítica y analizar si su gestión tiene algo que ver con la actual situación de Izquierda Unida.

Anguita es comunista y ser comunista implica, entre otras cosas, ser profundamente antisocialista. La estrategia de desgaste del PSOE duró mientras que el PSOE era susceptible de ser desgatado por su izquierda. Esa situación ayudó a que la derecha gobernarse dos legislaturas seguidas.

El PSOE aprendió la lección. Durante la pasada legislatura nadie le ha podido discutir una política netamente izquierdista, que ha vaciado de sentido los mensajes de Izquierda Unida.

La consecuencia ha sido el desmantelamiento electoral de la coalición, ya que los socialistas han demostrado ser de Izquierda y que además pueden gobernar. La Izquierda Unida de Anguita aspiraba a superar al PSOE y es el PSOE el que se ha comido a Izquierda Unida.

Muchos de los que confiaron en Izquierda Unida para que ejercitar un voto de castigo al PSOE de Felipe González sin dejar de estar seguro en el “bloque de la izquierda”. El problema es que este bloque no funcionó y el voto de castigo al PSOE se transformó en una pérdida de escaños que fue a parar al PP de Aznar.

La experiencia de propiciar un gobierno de derecha ha hecho que muchos votantes, de los que siempre van a votar, se desengañen de la utilidad de votar a Izquierda Unida para forzar políticas más izquierdistas y más cuando el PSOE ya las ejerce.

Anguita y la antigua guardia del PCE se mantiene fiel a su dogmatismo. Ellos verán lo que hacen, pero los votantes no están por colaborar a que el dogmatismo comunista haga posible la destrucción de la Enseñanza Pública, la privatización de la Seguridad Social, la presencia de sacerdotes en los Comités de Ética de todos los hospitales de España o que las rentas más altas paguen menos impuestos que las bajas.

Que se destruya el Estado de Bienestar no es un inconveniente para el dogmatismo comunista, porque para ellos esto agravaría las contradicciones del sistema capitalista y propiciaría su soñada revolución. Pero a la mayoría de los votantes de izquierda le importan más mantener el Estado del Bienestar que verificar las predicciones de la “Filosofía Marxista de la Historia”.

Si en Izquierda Unida siguen la senda de Anguita, irán por el camino de una refundación comunista sin demasiado sentido.

Dos modelos de militancia: militantes de base y fichaje de profesionales

“Los partidos políticos son organizaciones curiosas. A diferencia de la mayoría de otras asociaciones voluntarias, en un partido todo el mundo quiere ser jefe; uno se mete en política para mandar (sin mandar, uno no cambia nada), y el tipo que aspira o controla la presidencia del gobierno manda más que nadie.” (Egócrata)

En “Argumentos de Socialdemocracia” se nos ha propuesto reflexionar sobre los partidos políticos y los problemas y estructuras que se encuentran en su seno. He comenzando citando al bueno y listo de Egócrata porque estoy de acuerdo con él y voy a tomar su afirmación como punto de partida.

Se entra en un partido para mandar, para ser el jefe. Todo lo demás o no tiene sentido o es mentira. Considero que es procedente e interesante que intentemos ver qué modelos de militancia hay y que relación tienen estos modelos de militancia con el acceso al poder, esa finalidad por que uno entra en política.

Dando trazos gruesos podemos decir que hay dos modelos de partidos políticos en lo referente a la relación con la militancia: aquellos para quienes los militantes serán quienes ejerzan el poder en el caso de alcanzarlo y aquellos en los que los militantes están para apoyar el proyecto aunque no para ejercer el poder, pues se harán fichajes externos de especialistas y profesionales si se llega al poder. Cualquiera de estos modelos son puros e ideales.

El primer modelo es el clásico de los partidos de masa. Una persona de une al partido con el que se encuentra ideológicamente más cercano. Participa en las actividades del partido, se inserta en la microsociedad que es el partido en su localidad y poco a poco va haciendo méritos políticos hasta que entra en la lista de su partido en las siguientes elecciones municipales. Luego una cosa lleva a otra hasta acceder al párnaso del poder dentro del partido y en el gobierno más alto posible.

En este modelo de partidos se valora ante todo la antigüedad, la fidelidad al partido (encarnado en los “líderes” locales), todo tipo de trabajo que se haya hecho en beneficio del partido, llevarse bien con la gente y no haber perdido ninguna guerra interna. Se precisa, para ascender en este modelo de partido, una voluntad firme, paciencia, no mucho orgullo personal y estar siempre disponible, para poder estar el día adecuado en el momento preciso porque la suerte también tiene su margen de actuación en la política. En este modelo, que he caricaturizado un poco, el verdadero capital de promoción política es ser “persona de partido” y se configura como un “cursus honorum”.

El segundo modelo está inspirado en los dos grandes partidos norteamericanos. Si existe militancia, ésta debe saber que el partido no es el medio adecuado de promoción política. Está dirigido por una pequeña élite de personas que van seleccionando los candidatos por sus méritos fuera del partido. Se buscan personas de éxito en el ámbito profesional y empresarial para incorporarlas como candidatos del partido o en puestos directivos una vez ganado el poder.

La promoción en este modelo se hace fuera del partido y defendiendo los propios intereses personas. Hay que saber promocionarse cerca de los ámbitos y círculos de la élite dirigente del partido. El capital es relacional y también económico y no podemos hablar de “cursus” sino de fichajes.

No me atrevería a inclinarme por ninguno de los dos modelos, pero sí creo que los partidos deberían tener claros qué modelo de militancia o de partido desean tener. En esta cuestión las mixturas no son lo más deseable, porque pueden frustrar las legítimas expectativas y el trabajo a la hora de incorporarse a la labor política de un partido, así como constituir una forma de engañar al personal.

Veamos dos posibilidades de esta terrible mixtura.

La primera mixtura posible es que el sistema real sea el del partido de masas pero se diga que se desea fichar a profesionales externos para que aporten sus conocimientos y experiencia al partido. Ellos entran y aportan conocimientos que en el mercado valen mucho dinero. A la hora de la verdad, la de decidir los candidatos de salida y los que ocuparán los cargos de decisión, siempre se tiene en cuenta el tiempo de antigüedad y los carteles pegados, y se dice que “X está muy preparados pero tiene muy poco tiempo de militancia”.

La segunda mixtura posible consiste en la preponderancia del sistema de “fichajes externos”, aunque se anima a la militancia de base propia de los partidos de masa. Esos militantes de base sacrifican tiempo y esfuerzo en los trabajos más onerosos para conseguir hacerse un “curriculum” interno, incluso pueden que dejen de prosperar profesionalmente para invertir en su deseada carrera políticamente. Nuevamente, a la hora de la verdad (la de los candidatos y los cargos) se eligen a una serie de personas, que ni son del partido o que, aún siéndolo, no le han quitado un solo minuto a su vida profesional para dárselo al partido: “Dos comentan que otros sólo sirven para meter papeletas en sobres” (mientras ellos no lo hacen, se inscriben en cursos de postgrado y los otros sí lo hacen).

En las dos mixturas que termino de indicar hay un cierto fraude al que entra en el sistema no dominante. Independientemente del sistema que se adopte los partidos deberían ser claros con los que quieren participar en la vida política, diciéndoles qué se valora en ese partido para ser designado candidato o para ser nombrado para algo. Todo lo demás es fraude político y aprovechamiento del trabajo e ilusión de cualquiera de los dos sectores involucrados.

La aconfesionalidad como trampa

La Constitución es intencionadamente vaga en muchos aspectos. Es una de las consecuencias del llamado “consenso constitucional”. En el texto constitucional se dice una cosa, su contraria y se contemplan consecuencias de concepciones adversas. Un tema especialmente poco claro en nuestra Constitución es del estatuto de la Iglesia Católica dentro de la Democracia Española que la Constitución define.

Nuestro sistema de relaciones entre el Estado y las confesiones religiosas se caracteriza por la asimetría, ya que la Iglesia Católica tiene una prevalencia sobre la demás tanto por su expresa mención en la Constitución, como por la concepción sociologista que refleja el artículo 16.3 in fine.

La Iglesia se empeña en que la sociedad es católica y sólo se fija en el número de bautizados (por ello rechaza sistemáticamente las apostasías). Para fijar el “censo” de los católicos, la Iglesia no quiere ni hablar de la práctica religiosa o de la opinión que le merece a buena parte de los españoles (es la institución menos valorada) o se detiene en algo tan fácil como el número de personas que utilizan preservativos, en frontal convención con los mandatos morales de la Iglesia Católica.

La cooperación con las confesiones religiosa y la practica que se ha estado haciendo de esta cooperación está dejando sin sentido lo que dice el inicio del mismo artículo, el 16.3: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal.”

Es cierto que no se obliga a nadie a pertenecer a una religión, pero medidas como las de la Comunidad de Madrid, de incorporar a sacerdotes católicos en los Comités de Ética de los hospitales públicas es una medida de estatalización de una confesión religiosa. La incorporación de individuos a los órganos públicos, no en razón de la persona, sino del oficio que desempeña dentro de una confesión religiosa es estatalización de la religión.

La incorporación de sacerdotes en calidad de tales a estos Comités también entra en contradicción con el artículo 16.1. Que los sacerdotes tengan que ser recusados por los que quieran y sepan que están en el Comité, es un procedimiento complejo y lento, y más cuando se trata de decisiones médicas que deben tomarse con inminencia.

La Comunidad de Madrid, en uno de sus ejercicios ejemplares de Liberalismo, obliga a que los Comités escuchen las opiniones de un ministro católico, independientemente de las creencias del paciente y sin preguntarle a él, bajo la injustificada presunción de todos somos católicos.

A pesar de la ambigüedad de la Constitución, lo que no se puede es pervertir el sentido de las palabras e integrar en organismo públicos al clero por ser clero. Eso es estatalización de la religión y por tanto es inconstitucional. Una aconfesionalidad mal definida se ha convertido en la puerta trasera por la que no ha dejado de acrecentarse la confesionalidad católica de España.