Cardenal Carlos Amigo

A principios de la década de los ochenta, un obispo franciscano, procedente de Tánger, tomó posesión de una de las diócesis con la historia y prestigio de las existentes en España. El obispo era y es Carlos Amigo y la diócesis la de Sevilla. Sucedía a un prelado clásico de la tradición, el Cardenal Bueno Monreal, que había evolucionado desde las líneas del Nacionalcatolicismo hasta el aperturismo patrocinado por el Cardenal Tarancón.

La situación de la diócesis, realmente archidiócesis de Sevilla, era compleja, como todas en la España de aquellos tiempos, en los que la Iglesia no encontraba su sitio en la nueva realidad política y social que se abría paso en nuestro país. Además en la archidiócesis hispalense se estaban dando movimientos eclesiales con radicalidad (de izquierda y de derecha), todo ello mezclado con el mortero de una religiosidad popular de enorme potencial, no siempre alineada doctrinalmente con el Catolicismo y con una fuerte conciencia de su autonomía.

El entonces Arzobispo Carlos Amigo emprendió una labor que a mi entender ha sido muy acertada, pero que era el cumplimiento estricto de su labor: visitar a todos, escuchar a todos e intentar que nadie se moviera de las directrices del Vaticano II. Prácticamente era un desconocido para los medios nacionales de comunicación. Cuando la mayoría de los nuevos obispos dieron un fuerte giro hacia posiciones conservadoras y tradicionalistas, Carlos Amigo se mantuvo en una línea coherente.

Durante los años de gobierno del Partido Popular, los obispos españoles se quitaron totalmente la careta de cierta equidistancia que habían mantenido desde la muerte de Franco y se arrojaron a los brazos del gobierno. Además comenzaron a sacar un pensamiento de lo más intolerante y ofensivo contra el que no estaba de acuerdo con sus posiciones.

Éste fue el momento de Carlos Amigo, coincidiendo con su entrada en el Colegio Cardenalicio, para demostrar que una cosa es tener un credo y unas convicciones muy claras, y otra muy diferente es descalificar a toda persona que no admite él también estas convicciones. Nadie espera que el Cardenal Amigo traicione o niegue la doctrina católica, pero siempre se encuentra abierto a escuchar a todos, sin insultar ni descalificar. Podemos decir que el Cardenal Amigo es casi el único representante de la jerarquía episcopal que no le destroza los oídos a los que no son fieles a las posiciones más conservadores del Catolicismo, e incluso a los que se encuentran fuera de esta confesión, que mantiene un peso social y político que muchos juzgamos como excesivo.

Todo ello lo ha conseguido el Cardenal Amigo cuidando tanto las tradiciones litúrgicas como las obras sociales de su archidiócesis, con una clara jerarquía de valores, en el que las personas están sobre las instituciones y los intereses de éstas. Ha puesto en orden muchos asuntos pendientes y ha conseguido llenar su seminario, cosa que parecía imposible nace unos años.

Actualmente el Cardenal Amigo se ha convertido en un contrapeso dentro de la jerarquía católica, no dando más oportunidades para que la Iglesia Católica sea atacada por declaraciones absolutamente fuera de lugar y mostrando moderación y credibilidad.

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