Comprar libros

Comprar libros es para mí una acción sagrada. No puedo resistirme a entrar en una librería en cada ciudad que visito. Cuando llego a una localidad con cierto equipamiento cultural, lo paso en grande metiéndome en sus librerías y escarbando entre los estantes. En este mundo globalizado los fondos de las principales librerías de cada ciudad son muy parecidos, pero los matices aparecen gracias a las editoriales locales y regionales, a los libros en depósito y a los intereses de cada propietario. Para lo verdaderamente exótico siempre quedan las librerías de viejo, aunque primero hay que conseguir localizarlas.

Decía que la compra de libros es un acto sagrado y como tal se excluye de él toda noción de utilidad. Tiene un rito de inicial, que es olvidarse de toda la realidad que uno lleva consigo y adentrarse en esa dimensión en la que lo verdaderamente importante se encuentra oculto, entre las tapas de la encuadernación. No se puede ir con prisas. Hay que dedicarle todo el tiempo posible, hasta perder la noción de su paso. Normalmente paso por las secciones que me suelen interesar a mirar lo de siempre, pero siempre encuentro algo nuevo, por muchas veces que lo haya visto e incluso hojeado.

El deleite se vuelve pleno cuando pierdes toda referencia y solamente hay libros, páginas impresas, ideas materializadas y listas para llenar el espíritu. Luego la adquisición es lo de menos, pero es importante no comprar nada que se necesite, porque eso es profanar la librería. Lo necesario se compra rápidamente.

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