Externalización y existencia

La externalización es uno de los fenómenos empresariales más actuales. Las empresas dejan de asumir cuestiones periféricas a su objeto empresarial y se lo encargan a empresas especializadas en esos servicios. Hay que indicar en todo caso que el objeto empresarial de las empresas en un concepto difuso y no se acaba de saber netamente dónde empieza y dónde acaba. Las empresas tienen contratado con otras empresas todo, desde la limpieza al mantenimiento, pasando por el suministro de material fungible. La externalización está teniendo fuertes consecuencias en el  tejido empresarial, pero vamos a insistir en otro punto, que es la implantación de la externalización en ámbitos no empresariales.

Asistimos a una externalización de la existencia. Entregamos las diferentes facetas de nuestra existencia a entidades distintas de nosotros mismos. Buscamos servicios que nos hagan todo lo que nos resulta oneroso (lo cual no es malo), de manera que nosotros sólo tengamos que ocuparnos de lo que consideramos realmente como nuestro. La consecuencia de todo ello es que no nos involucramos en nuestra propia existencia y conceptos tales como participación se tornan en peyorativos. Queremos que nos arreglen externamente los problemas, pero sin saber cómo, buscamos la efectividad sin tener la obligación de inmiscuirnos en asuntos personales.

Sólo sabemos quejarnos cuando una de las externalizaciones de nuestra existencia no funciona, buscando una nueva agencia de externalización para podernos desentender de nuevo. Deberíamos plantearnos la posibilidad, únicamente como posibilidad, de que las cosas funcionarían mejor si nosotros asumiéramos la preocupación, la decisión y el control de esas esferas de nuestra existencia que tenemos externalizadas. En definitiva, no dejaría de ser sensato que decidiéramos participar en nuestra propia existencia.

Mariano Rajoy y los requisitos para ser Presidente del Gobierno

Mariano Rajoy es una persona que se considera superior a los demás. Llegó a decir en un debate que para ser Presidente habría que exigir más que ser español y tener cumplidos dieciocho años. Quisiera reflejar en estas líneas la opinión de buen amigo. Lo mismo Rajoy piensa que para ser Presidente hay que ser gallego de Pontevedra, registrador de la propiedad y haber sido apadrinado por Manuel Fraga. Sin caer en la tentación de no reconocerle el mérito de haber sacado unas difíciles oposiciones, podemos indicar cosas más difíciles que Mariano Rajoy aún tiene pendientes.

La primera de ella es hacerse con el poder dentro de su partido, luego podría hacerse creíble para el resto de los españoles y que alguna vez esté en condiciones de ganar unas elecciones generales. Es manifiesto que él considera que el Presidente Zapatero es un ser inferior a él en todos los términos, pero el Presidente ha hecho esas tres cosas que Rajoy es incapaz: controla su partido y nadie hace cola para sucederle, se ha ganado la credibilidad de la ciudadanía y, sobre todo, ha ganado unas elecciones generales. Ser Presidente del Gobierno es algo tan difícil que Mariano Rajoy no lo ha podido ser y probablemente nunca lo será.

Comprar libros

Comprar libros es para mí una acción sagrada. No puedo resistirme a entrar en una librería en cada ciudad que visito. Cuando llego a una localidad con cierto equipamiento cultural, lo paso en grande metiéndome en sus librerías y escarbando entre los estantes. En este mundo globalizado los fondos de las principales librerías de cada ciudad son muy parecidos, pero los matices aparecen gracias a las editoriales locales y regionales, a los libros en depósito y a los intereses de cada propietario. Para lo verdaderamente exótico siempre quedan las librerías de viejo, aunque primero hay que conseguir localizarlas.

Decía que la compra de libros es un acto sagrado y como tal se excluye de él toda noción de utilidad. Tiene un rito de inicial, que es olvidarse de toda la realidad que uno lleva consigo y adentrarse en esa dimensión en la que lo verdaderamente importante se encuentra oculto, entre las tapas de la encuadernación. No se puede ir con prisas. Hay que dedicarle todo el tiempo posible, hasta perder la noción de su paso. Normalmente paso por las secciones que me suelen interesar a mirar lo de siempre, pero siempre encuentro algo nuevo, por muchas veces que lo haya visto e incluso hojeado.

El deleite se vuelve pleno cuando pierdes toda referencia y solamente hay libros, páginas impresas, ideas materializadas y listas para llenar el espíritu. Luego la adquisición es lo de menos, pero es importante no comprar nada que se necesite, porque eso es profanar la librería. Lo necesario se compra rápidamente.

No puedo con los pijos de derecha

No puedo con los pijos de derecha, son superiores a mis fuerzas, incluso peor aún que los progres. En un libro que estoy leyendo estos días, los autores sintetizan el pensamiento conservador del pensador y político irlandés Edmund Burke en seis puntos fundamentales: profunda desconfianza hacia el poder del Estado; libertad antes que igualdad; patriotismo; creencia en las jerarquías e instituciones establecidas; escepticismo acerca del progreso; elitismo. Estos puntos son la base de la descripción que vamos a realizar de los pijos de derecha, aunque naturalmente tendremos que introducir algunas aclaraciones, subrayar determinados aspectos y complementar puntualmente el contenido.

Para el pijo de derecha español la desconfianza en el poder del Estado nace especialmente cuando no son los de su tendencia lo que dirigen el Estado. Rápidamente, tras una derrota electoral de la derecha, en este momento el PP, sienten que el Estado es opresivo, atosigante, que no deja espacio para la libertad y hasta se sienten perseguidos. Muchas veces estos síntomas aparecen cuando ni siquiera se ha producido el traspaso de poderes y sigue gobernando la derecha, aunque sea en funciones. Su odio al Estado, a la burocracia y un impostado liberalismo no le impiden sentir fascinación por determinados funcionarios públicos, como Abogados del Estado o Jueces, y ser unos enamorados de todo tipo de subvenciones públicas, a las que concurren entre los mayores de los alborozos.

El pijo de derecha lo que no puede es con la igualdad, nada más la idea le da el peor de los temblores. Se considera naturalmente superior a los demás, sin que en ningún momento demuestre que dones de la naturaleza ha recibido que justifiquen objetivamente el sentimiento de superioridad. La libertad tiene que ser respetada sobre todo lo existente, pero no se confundan, la libertad propia, nunca la ajena. El otro, que no es el pijo de derechas, se caracteriza porque o bien no sabe utilizar correctamente la libertad o bien no tiene que ser libre, ya que no tiene el autodominio preciso.

Otra cosa no, pero el pijo de derecha se siente español hasta la médula. Más español que él no hay nada. Es tan español que todas sus ideas son intrínseca y puramente españolas, de forma que otra idea que no coincida milimétricamente con la suya, es una idea al menos no española y muy probablemente sea una idea antiespañola. El pijo de derecha ama a España, aunque prefiere que su consumo sea de productos extranjeros, pese a que sus posibilidades económicas no siempre se adecuan con las preferencias. El pijo de derecha ama a España, pero odia a los españoles.

Como ya apuntábamos al hablar sobre la relación entre la libertad y la igualdad: el pijo de derecha odia la igualdad. Considera que efectivamente hay un orden jerárquico natural y anterior y que éste debe ser respeto. El pijo de derecha se vuelve loco con dos temas, la educación y la religión, y la mezcla de los dos es para él un éxtasis. Se toman en serio la religión, pero no son religiosamente serios. El Catolicismo está muy bien para los hijos adolescentes, pero para uno mismo la mayor de las anarquías es el estado deseable. La educación no ha buscar educar, sino marcar las diferencias desde el principio, eso sí, sin que cueste el dinero que no se tiene, por ello se defiende la enseñanza concertada a ultranza.

“Todo tiempo pasado fue mejor”. Este refrán es un dogma del pijo de derecha. Fue mejor porque la sociedad estaba más estratificada, había menos oportunidades de promoción social y, por tanto, menos competencia. En el interior de su corazón, el pijo de derecha español es antiliberal y no sólo en lo moral, sino sobre todo en lo económico: adora las instituciones de naturaleza corporativa y que cierran el paso a la libre competencia.

Es ocioso indicar que el pijo de derecha considera que él está en las partes altas de la jerarquía social, aunque nunca llega a justificar el motivo de la esa apreciación. No puede decir la nobleza, porque nobles hay pocos y algunos de ellos hacen gala de notable innobleza; no puede decir el dinero, porque el pijo de derecha desprecia al nuevo rico, al hombre hecho a sí mismo.

Los pijos de derecha suelen tener una capacidad intelectual más bien normal y lo que conocen es a través de la radio y de libros de una divulgación casi infantil. Su superficialidad intelectual no es más que una muestra de su superficialidad en todas las facetas de la vida. El elitismo que defienden es un elitismo vacío, del que no podrían formar parte si no es mediante alguna técnica de colusión social, lo que popularmente se conoce como “enchufismo”.

Para terminar podemos entrar en una reflexión conceptual. He estado hablando del pijo de derecha y alguien, legítimamente, podría preguntarse si hay pijos que no sean de derecha. Creo que sí los hay, los progres, de los que ha he hablado antes.

No puedo con los progres

No puedo con los progres. Los progres son una especie de degeneración de lo que es la izquierda, que bajo apariencia de ser de izquierda, larvan un conservadurismo de lo más atroz. Los progres rebajan los elementos fundamentales de la izquierda, como la igualdad y la justicia, a favor no de la mayoría de la población, sino de minorías que para ellos están lo suficientemente alejadas o resultan absolutamente inofensivas para el orden social en el que ellos se encuentran cómodamente establecidos.

Esa rebaja de los elementos fundamentales de la izquierda, ha recibido el nombre de “nueva izquierda”. Además de lo indicado anteriormente, la “nueva izquierda” se encuentra sazonada por un relativismo en casi todos los sentidos. No quiero decir que la izquierda considera que haya valores absolutos en cada uno de los eslabones de la realidad y del pensamiento, pero sí que en determinadas esferas hay topes intraspasables.

Ellos viven en un relativismo casi absoluto, que tiene sólo dos límites: conservar su posición personal en todos los sentidos y una antropología positiva casi sin excepciones.

Utilizando la terminología de Max Weber podemos decir que manejan una ética de la convicción, sometida a supuestas obligaciones morales que tienen que ser observadas a toda costa y sin tener en cuenta las consecuencias, eso sí, la ética de la convicción se transforma en una férrea ética de la responsabilidad en el momento en el que ven peligrar algunos de sus privilegios sociales. Carecen por completo de capacidad para sacrificar lo más mínimo por las ideas que supuestamente defienden.

Piensan que el ser humano no es bueno por naturaleza, sino que es buenísimo, óptimo. No lo piensan con el ingenio de un Leibniz que decía que éste era el mejor de los mundos posibles, porque era el único posible. Creen que cada individuo es la más completa realización de lo que el ser humano es y puede ser. Explican que las acciones malas de los individuos no se deben a ellos mismos, porque son óptimos, sino a las circunstancias, que en conjunto y en hipóstasis llaman “sociedad”.

La maldad proviene siempre fuera del individuo, que lo tuerce, de forma que el individuo no tiene la capacidad para elegir entre una acción buena y una acción mala, en definitiva, el individuo no tiene libertad, sino una serie de condicionamientos que causan necesariamente las acciones de los individuos.

La gran consecuencia es que las acciones humanas que llevan al mal no se cambian sino a través de una transformación previa de las relaciones del individuo con la sociedad. Las teorías ambientalistas tienen razón, pero sólo en parte, ya que llevadas a su extremo justifican tanto la destrucción de la libertad como la más completa irresponsabilidad moral. Esta teoría es trasladada a lo jurídico y caemos en el intento de justificación de cualquier tropelía en la inevitabilidad de las acciones del que las realizó. Una torpe y vulgarizada interpretación tanto de Sócrates como de Habermas les lleva a considerar que el diálogo es el único instrumento, independiente de las circunstancias.

Los progres lo son durante una etapa de la vida, hasta que constituyen una familia y comienzan a formar un patrimonio, aunque sea a costa de pesadas hipotecas. Luego van haciendo un viaje al centro y luego a la derecha, según lo que aumente sus bienes mobiliarios e inmobiliarios. Los progres son el caldo de cultivo de la derecha, pues de repente les entra miedo a los demás, deseos exacerbados de protección de sus hijos y la pequeña posición social que hubiera podido alcanzar.

Yo soy de izquierda, pero no soy progre.