Sedaciones terminales

El caso de las sedaciones terminales en el Hospital “Severo Ochoa” de Leganés, en la Comunidad de Madrid, ha saltado a los medios de comunicación. Es un caso realmente complicado y que puede caer en análisis superficiales. El Consejero de Salud de la Comunidad de Salud destituyó a los responsables médicos de las urgencias de este centro por lo que considera que sedaciones irregulares, que han podido acelerar el fallecimiento de determinados pacientes. Todo se inició con una denuncia anónima, que según parece procede de fuentes médicas de ese centro hospitalario, y hasta el día de hoy se han deducido tres querellas, aunque no está claro si son realmente querellas o denuncias ante el Juzgado o la Fiscalía.

La sedación en el caso de enfermos terminales que están cerca de la muerte es una práctica habitual, y todos saben que aceleran la muerte de alguna forma. Creo que no es relevante que una persona muera tres días antes de lo previsible, si de ésta manera se le ahorran sufrimientos innecesarios. Es preciso el consentimiento del paciente o de sus familiares. El problema surge cuando las sedaciones se han hecho no en un estado terminal muy avanzado o no teniendo en cuenta la voluntad del paciente o de los que la puedan expresarlo en su nombre.

Las investigaciones deben ser realizadas con serenidad. No se debe excusar porque se crea que el ahorro de los sufrimientos es un absoluto en manos de los médicos, pero tampoco se debe condenar porque se considere que cualquier acción que pueda acelerar la muerte es intrínsecamente inmoral, ya que cambia el momento de un acontecimiento “natural”. Creo que las sedaciones son necesarias, incluso si hay un cierto adelanto de la muerte, siempre con los consentimientos necesarios.

La profesión médica, con toda seguridad, es la más corporativista de las que tenemos en España. Los médicos se protegen sistemáticamente. Me llama la atención que hemos llegado al caso en los que los profesionales de la medicina ya no se protegen, sino que se dividen por un motivo de conciencia. En este punto es cuando las normas jurídicas tienen que ser precisas y claras, además de expresar su necesidad. Un asunto tan importante como es la forma en la que una persona quiere que sean sus últimos momentos antes de la muerte no puede quedar al juicio moral individual de los facultativos que, por organización administrativa, le corresponde al paciente. Las normas deben proporcionar el procedimiento, proteger a los pacientes y a los médicos y dejar suficientemente claras cuáles acciones son tenidas por correctas y cuáles no.

Urbanita progre

El urbanita progre es una persona que o bien se ha criado ya durante el régimen democrático, o bien su adolescencia ya la ha pasado en este régimen. El urbanita progre, en su adolescencia, tuvo ideales comunistas, pero nunca militó en un partido de esta tendencia ideológica; en la actualidad tiene una ideología formalmente de izquierdas para temas sociales como la homosexualidad, pero liberal para temas económicos, especialmente en los relativos a los impuestos.  El PSOE no le gusta, IU le parece muy ordinaria, no encuentra un partido político que se le acomode, y añora el difunto Partido Democrático de la Nueva Izquierda (PDNI); otros desearían que Gallardón formase un partido de derecha que no lo pareciese. Tiene estudios superiores, licenciatura o doctorado, de humanidades o de ciencias sociales.  

Lee literatura y también ensayos, aunque no en todos los casos, puesto que busca abstracción digestible en los semanales de los periódicos. Le gusta los pisos luminosos, aunque el tamaño no es importante, sí lo son las vistas y la localización. Se vuelven locos por los viajes, especialmente los de turismo cultural. Pueden tener pareja estable o no, pero su ideal es tener una amplia gana, sin compromisos. Exige calidad y suele ser un buen profesional. Le encanta los pequeños aparatos de tecnología. Ve la tele prefiriendo la digital.  El campo le gusta, pero siempre que esté domesticado, es decir, sin renunciar a ninguna de sus comodidades. En materia religiosa no es creyente católico, ni de ninguna otra confesión, aunque tiene cierta tendencia mística, siempre sin ningún tipo de renuncia personal. 

El síndrome del asesor

Existen determinadas profesiones que su mero ejercicio conlleva una exposición personal del trabajador hasta el punto de poner en peligro, en algunos casos, su integridad física, moral e incluso su vida. Estas profesiones tienen reconocido el riesgo de los que las desempeñan e incluso perciben compensaciones que intentan subsanar esta constante situación de peligrosidad.

El catálogo de profesiones de riesgo es conocido por el común de los ciudadanos. La Administración de la Ciudad de Ceuta va a aportar una nueva profesión a esta categoría laboral. El puesto de asesor del gobierno del Sr. Vivas se va a convertir en una profesión de riesgo, pero se preguntarán ustedes, ¿qué riesgo tiene ser asesor del Sr. Vivas? Muy sencillo, la posibilidad, ya concretada en tres ocasiones, de ser condenados por los tribunales penales. Comprendemos que sigan extrañados, pero permítannos justificarles esta afirmación.

El primer asesor que padeció el “síndrome del asesor” era conocido por el sobrenombre de “Güigüi”. Este miembro de “Nuevas Generaciones” del PP, donde se forman a los dirigentes populares del futuro, cometió un “delito de poca monta”, una cosita de nada, una gamberrada de chavalitos, consistente en un delito contra la salud pública, esto es, fue condenado por narcotráfico en la Audiencia Nacional. En el lapso temporal transcurrido desde que fue condenado a que la sentencia fuera confirmada por el Tribunal Supremo, fue elegido secretario general de “Nuevas Generaciones” del PP en Ceuta y nombrado asesor del grupo parlamentario popular en la Asamblea de la Ciudad. Sospechamos que el Tribunal Supremo confirmó la sentencia porque el pobre “Güigüi” estaba ya afectado por el “síndrome del asesor”, que indujo a los altos magistrados a enviarlo a conocer el presidio de primera mano.

Cuando la impresión por el primer caso de “síndrome del asesor” aún estaba viva, llegó la noticia del segundo caso, procedentemente nuevamente del Tribunal Supremo. En esta ocasión el afectado respondía al nombre de Chaib. Era otro “asunto menor”: provocar incidentes dentro del Palacio Autonómico que terminaron con un enfrentamiento con la Policía de la Ciudad. Entre los hechos que ocasionaron su sentencia condenatoria y la firmeza de ésta, Chaib dejó su formación política, el PDSC, y fue nombrado asesor del Sr. Vivas.

El último caso del “síndrome del asesor”, que ha disparado las alarmas entre este grupo profesional, y que ha permitido especular sobre la existencia de una posible epidemia, ha sido la condena de Juan Carlos Trujillo por las “consideraciones” vertidas sobre la persona de la secretaria general del PSOE en un foro de Internet. A pesar de que fue cesado como asesor semanas antes de celebrarse el juicio, el “síndrome del asesor” ya estaba dentro de él y no pudo librarse de la condena penal.

En unos pocos meses tres asesores del gobierno del Sr. Vivas han recibido una condena. Parece que la proporción no es despreciable y mientras tanto el Sr. Vivas sigue incólume, sin pestañear, sin decir “esta boca es mía” cuando sus más cercanos colaboradores han sido declarados culpables por la Justicia. Seguramente veremos una manifestación de asesores, en el Palacio Autonómico, exigiendo que se les pague un plus de peligrosidad. Esperemos que la epidemia no se propague ahora a través de las acequias jiennenses.

Artículo publicado por la Oficina de Prensa del PSOE de Ceuta.

El informalismo

(a petición y en honor de Jaume)

Las formas son los límites de nuestra conciencia que proyectamos en la realidad. Los límites no son ontológicos, sino hermenéuticos, es decir, son consecuencia de nuestra relación con la realidad, una relación culpable por aceptar unos límites autoimpuestos en la relación fáctica y existencial. La Modernidad ha separado la conciencia humana de la realidad. La Modernidad ha destrozado nuestra relación con las cosas en miles de representaciones mentales, diciéndonos que nosotros y las cosas somos diferentes, que hay un abismo de las mismas dimensiones que el Platón introdujo entre lo sensible y lo eidético. En sus últimas consecuencias, la Modernidad y sus epígonos no son más intentos de reproducciones del Platonismo con un barniz de actualidad. Los seres humanos hemos repudiado a la realidad. La Belleza era vista como algo externo, como un producto que el ser humano sólo puede imitar o reproducir torpemente. La Belleza era un a priori de la realidad, pero nunca un a priori humano. Lo humano es llevo cuando deje de ser humano, cuando se convierte en realidad, en naturaleza, en universo, porque el fondo del ser humano es una manifiesta incapacidad para ser creador de nada. El creador lo creó todo, nosotros hemos recibido el dudoso honor de ser imitadores de la creación. La renuncia a las formas es también una renuncia a los límites y las fronteras entre la realidad y el ser humano. No aceptamos la división no porque queramos ser originales, ingeniosos o intrépidos, sino porque tenemos un vínculo radical con la verdad de las cosas y no con la verdad del conocimiento. La separación es falsedad, la categorización no es más que otorgarle sinónimos a la palabra “mentira”. La creación no está concluida, todo lo contrario, la creación no ha empezado, porque es el ser humano no sólo el hacedor de la realidad, sino sobre todo el único generador de la Belleza. La creación de la Belleza no es una actividad de la conciencia, es una actividad del ente que radicalmente somos, del ente deviniente e indeterminado, informalizado y sólo falazmente formalizable. Así lo que somos y lo que es la realidad conforman un rito de procreación, lascivo y primigenio, cuyo vástago es la reproducción en Belleza de ellos mismos.

Sobre el celibato

            El diario “El País” ha dado una noticia que para mí es sorprendente y no sé si responde a la realidad: Benedicto XVI ha convocado una cumbre en el Vaticano para examinar el celibato sacerdotal y las alternativas que se plantean. La redacción de la noticia invita a pensar que el Papa se está planteando el derribo controlado del celibato sacerdotal estudiando la readmisión en el ejercicio del sacerdocio a quiénes lo dejaron para poder casarse o habiéndolo dejado contrajeron posteriormente matrimonio. Soy escéptico sobre este tema, pero si hay una ocasión para modificar el celibato sacerdotal es éste, con un Papa con preparación intelectual y de cuño marcadamente conservador, ya que comenzará por la vía de excepción para hacer de ésta la normal. La noticia ha cambiado y ahora, como era de esperar, la Curia Romana ha señalado la necesidad de “una sólida formación humana y cristiana” para los seminaristas ante el análisis de los casos presentados de solicitud de reducción al estado laical.

Puede que esta sea una buena ocasión para pensar sobre el celibato de los sacerdotes. Creo que en primer lugar he de empezar aclarando dos extremos, uno terminológico y otro que es claro pero que se olvida con demasiada frecuencia. La aclaración terminológica hace referencia al término celibato, que significa soltería, es decir el estado que se le exige a los sacerdotes católicos del rito latino es el soltería.

Lo que se olvida es que todos los que han optado por ejercer el sacerdocio dentro del rito latino de la Iglesia Católica sabían que esto era así y lo han aceptado cuando pidieron ingresar en un centro de formación sacerdotal y pidieron ser sacerdotes como miembros de alguno de los institutos de vida consagrada existentes. Nadie puede quejarse de que no fue advertido de que era necesario ser célibe para poder ser ordenado sacerdote.

            El asunto es si el sacerdocio en el rito latino debe o no debe seguir condicionado al celibato. Como todos deberíamos saber el sacerdocio no es una característica esencial del sacerdocio, ya que en la mayoría de los ritos católicos orientales el hecho de estar cansado no es un impedimento para poder ser ordenado. Se arguyen razones de carácter espiritual y de carácter pragmático para mantener el celibato obligatorio.

Las razones de carácter espiritual residen en la consideración de que el sacerdote actúa in persona Christi en la celebración de los sacramentos en los que él es el ministro (especialmente en la Eucaristía); al situarse en el lugar de Cristo es mejor símbolo alguien que sea célibe como él lo fue. La Historia relativiza este argumento porque sabemos por los textos sagrados que buena parte de los apóstoles estuvieron casados y ellos sí fueron elegidos personalmente por Cristo, quién no vio en su matrimonio ningún obstáculo insalvable para su seguimiento y la proclamación del Evangelio. Hay razones teológicas fuertes contra el celibato, pero lo dejaremos pero ocasión más propicia.

Las razones pragmáticas son más o menos confesables. Las razones confesables se pueden concentrar en una sola proposición: el sacerdote célibe puede dedicarle todo el tiempo a su ministerio y sin tenerse que dividir entre el ministerio y la atención a la familia. Lo de la atención a la familia es un eufemismo para no hablar de la necesidad de cobrar un sueldo decente como sacerdote para no tener que trabajar como seglar porque un sueldo de sacerdote por sí mismo (sin complementos) no da para mantener una familia y que la Iglesia tendría que buscar recursos para ellos y sus familias si quieren que tengan una dedicación exclusiva.

El otro argumento pragmático es más sibilino y de raigambre psicológica. Un célibe tiende a encerrarse en un marco de relación de iguales, por lo que la mayoría de los amigos de un sacerdote son sacerdotes, de forma que sus referencias en la amistad y en donde reposar en los momentos duros son eclesiales. Todo lo demás es soledad y desamparo. Si el sacerdote tuviera su propia familia tendría un marco afectivo no necesariamente eclesial, lo cual le otorgaría una independencia e higiene psicológica poco conveniente.