Constitucionalismo y revelación

Unas de las convicciones fundamentales de las diversas confesiones religiosas basadas en una revelación de la Divinidad es que esta revelación, normalmente cerrada y canonizada, sigue teniendo algo que decirnos a las personas de hoy, sigue siendo tan pertinente como para las costumbres, normas y vidas se adecuen a los prescritos en esos textos o a lo interpretado a partir de ellos.

Es evidente que cualquier texto, por antiguo que sea, puede ser reinterpretado desde el momento presente, pero ello no quiere decir necesariamente que esa operación sea necesariamente relevante o factible.

Uno de los criterios para la factibilidad y relevancia de esta operación interpretativa es el tipo del texto y entre los diversos los jurídicos son de la categoría de los más intratables. Evidentemente todo lo dicho anteriormente viene a colación de los discursos e interpretaciones partidistas que, con ocasión de su Bicentenario, se han hecho de la Constitución Española de 1812.

Una Constitución intenta regular una serie de esferas fundamentales de la vida social. En la época de ‘La Pepa’ la consideración de que las normas constitucionales fuesen normas jurídicas de aplicación directa no estaba clara, salvo para la parte estrictamente ‘orgánica’. Es más, ‘La Pepa’ fue redactada en una ciudad situada, sin contar ni con el apoyo implícito de la Corona ni de una buena parte de la sociedad que rechazaba cualquier expresión liberal y, sobre todo, hablaba en un lenguaje que poco tiene que ver con el nuestro y de un país que ya no existe (¿o es que nadie se la ha leído?).

La Constitución Española de 1812 no tiene mucho que decirnos más allá de los datos históricos que contiene. Los hitos que se marcaron estos constituyentes hispanoamericanos los hemos superado con creces y se han abierto sendas en nuestro país con las que ellos ni soñaban, todo lo cual no es extraordinario sino lo lógico después de dos siglos de sangrienta lucha por la libertad en España.

‘La Pepa’ tiene un valor histórico innegable, pero su valor utópico es más que dudoso. Las constituciones son textos jurídicos y no expresiones escritas del saber divino, de manera que valorarlas en su justa medida les hace más honor que una ridícula sobreinterpretación como la que se ha dado en Cádiz el pasado día 19.

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