Muchos vivimos en diciembre una forma de chantaje moral que nos lleva a gastar un dinero en un juego que normalmente nos merece la mayor de las ignorancias. Con la compra del mismo número para el sorteo de Navidad se fuerza a muchos, que ni nos acordamos de la Lotería Nacional, a gastar un dinero con la única finalidad de que en la difícil hipótesis de que toque no se nos quede cara de tontos. Esos euros en el décimo o en la participación compartida por todos son el pago de una especie de seguro contra la idiocia.
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El comienzo de esta entrada (“gastar un dinero en un juego que normalmente nos merece la mayor de las ignorancias”), con un anuncio igual de grande de World of Warcraft (Por lo menos me sale a mí) crea un extraño efecto…
Por lo demás, de acuerdo.
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Más que un seguro contra la idiocia, que ojalá existiera y con carácter obligatorio, comprar lotería de Navidad nos asegura contra la envidia, porque aunque no lo reconozcamos, de lo que en realidad nos resultaría insoportable, no es nuestra cara de tonto, sino la rabia contenida de que le haya tocado al familiar, al amigo, al compañero o al vecino y no a mí. Y encima tener que disimular y alegrarnos.