Imaginación y símbolos

Imaginar procede etimológicamente de “imago”, un término latino que significa “imagen”. Durante buena parte de la historia del pensamiento occidental, la imaginación ha sido una capacidad intelectual que nos permitía establecer nuevas relaciones conceptuales, nuevas ideas, término que etimológicamente también puede significar imagen, aunque procediendo esta vez del griego.

Al fin y al cabo nuestra identidad es fruto de la imaginación, así entendida, pues nos hacemos una idea de los que somos y de lo que queremos ser. Sin imaginación no hay conciencia del “yo”. Pero todo objeto de conciencia precisa de ser expresado de una forma perceptible por los sentidos para que cobre realidad más allá de la interioridad.

Cuando hablamos de identidades colectivas, las expresiones externas se hacen más necesarias aún, porque no solamente sirven para expresar objetos de determinada conciencia colectiva, sino que son el vehículo material sobre el que discurre esa conciencia colectiva, como el cerebro (y no esa fantasía animista llamada ‘alma’) es el asidero real de nuestra conciencia individual.

Decía Max Weber que los movimientos carismáticos o se institucionalizan (y se traicionan) o desaparecen. Las identidades colectivas que no encuentran símbolos donde existir terminan desapareciendo. Los símbolos de las identidades colectivas que expresan algo sólo a unos pocos, entran en una anemia corporativa que puedes llevarle tanto a la fragmentación como a la desaparición.

Es por ello por lo que las identidades colectivas están tan unidas a los símbolos, siempre que los interpretemos en el sentido más amplio posible. Sin ellos las identidades colectivas ni se expresan, ni son, ni permanecen, ni pueden mantener la indispensable cohesión.

Es curioso, desde uno plan estrictamente descriptivo, que desde una identidad colectiva determinada se juzgue como superfluos los símbolos de otra. La curiosidad deja de ser tal cuando se comprueba que son dos identidades en confrontación. Las ridiculizaciones, que entre ambas se realizan, no son más que un combate por un mismo espacio imaginativo que solamente tiene una casilla para ser ocupada: o sea está o no se está.

Los hechos imaginados socialmente, las identidades ideales asumidas como reales, muchas veces compiten en fuerza, metafóricamente, con la misma realidad fáctica. Es por ello que los movimientos sociales y todo tipo de organizaciones, que intentan configurar nuestra identidad colectiva, no sólo quieren que su símbolo sea el de todos por mero interés efímero o narcisista, sino porque el símbolo queda petrificado en una de las formas de existencia más difíciles de cambiar: la ‘conciencia colectiva’.

Los debates y trifulcas de todo tipo que llenan nuestra vida social son parte de esta guerra, que es la de la expresión simbólica de lo ideológico. Poner una pica en el ‘Flandes de los símbolos’ y consolidar esa posición con todos los recursos, es garantizarse una ventaja discursiva y de poder difícilmente removible en un periodo pequeño de tiempo.

Publicado en Asimetrías Urbanas.

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