Hace bastante tiempo que no soporto las cumbres internacionales y el poder taumatúrgico que los medios y los gabinetes de comunicación les dan. Pero últimamente a esta lista se ha incorporado la Presidencia semestral del Consejo de la Unión Europea, que España asume el uno de enero.
El Tratado de Lisboa, que entró en vigor el pasado 1 de diciembre, estableció una Presidencia estable del Consejo no por capricho, no por ganas de ser originales, sino porque el sistema de presidencia semestral simple y llanamente lleva mucho tiempo sin funcionar. Mientras que los que llegan se hacen con los asuntos y se van, no se han enterado ni donde está el servicio.
Para que una dirección política y administrativa sea efectiva necesita imperiosamente estabilidad. Las negociaciones y las tomas de decisiones en la UE tienen una complicación dejarían a los bizantinos asombrados y si el equipo que tiene que dinamizar cambia cada poco tiempo, hay que empezar de nuevo cada 1 de enero y 1 de julio.
Comprendo que los gobiernos quieran transmitir a su electorado la importancia y el momento culmen que no es la Presidencia semestral, pero la realidad es que la Presidencia-Presidencia se encuentra en manos de un ex Primer Ministro belga.







Para las relaciones exteriores de la UE el Presidente-Presidente es como el Rey: Un diplomático estable a largo plazo.
Al que solo recurriremos si estamos desesperados! ¿No?