Cuando uno está ya más cerca de la cuarentena que de la treintena, puede repasar algunas cosas de su vida pasada. Mi historial universitario es de lo más intrincado, como mi propio decurso vital en esas mismas fechas. Lo que sí puedo decir es que tengo una amplia experiencia de lo que es y no es la universidad española.
Pero no quiero hablar de la universidad española, sino de que cuando tenía la edad no me fui de ‘erasmus’. La verdad es que mi vida era lo suficientemente complicada como para plantearme seriamente esa posibilidad, pero ahora echo de menos esa experiencia. No hubiera estado mal conocer una universidad extranjera, practicar continuamente una lengua que no es la mía y vivir en un ambiente nuevo durante esa edad.
Pensaba que los ‘erasmus’ eran unos vividores y que se derrochaban recursos con ellos. Ahora pienso que, aunque su rendimiento académico sea cuestionable, el programa ERASMUS tiene un valor añadido, en términos no académicos, que estar recluido en tu universidad provincial no te da de ninguna de las maneras.







A mí me pasa que con el tiempo veo que cosas a las que entonces daba tanta importancia, a la larga no la tienen.
Decir que el programa Erasmus nació para mejorar el rendimiento académico de los estudiantes europeos sería una mentira como un templo. Casi tanto como decir que no ha servido de nada.
Uno de los retos cuando se empezó a pensar en esto de la Unión Europea más allá de una organización económica fue conseguir que los que vivimos en ella comencemos a pensar en la U.E. como una especie de macroestado federal (algo así como lo que muchos opinan que es España misma). Con diferencias significativas entre cada país, pero con una idiosincrasia y una cultura uniforme. Que la lengua, la historia pasada y las diferencias políticas no fuesen una barrera para el sentimiento de unidad.
El programa Erasmus nació con ese objetivo, y cualquiera que esté más o menos conectado con el mundo de la universidad sabe que lo del rendimiento académico era una excusa. No conozco a nadie que haya aprovechado académicamente su Erasmus (y el año que viene, cuando yo haya participado, seguramente diré lo mismo). Pero es que ese no era el objetivo.
El objetivo está de sobra cumplido. La gente de este país se siente más cerca de Alemania o de Inglaterra que de Marruecos. En general, tenemos la percepción de que la Unión Europea es una entidad “buena” frente a otras potencias “menos buenas” con EEUU, Rusia o China (y con esto no quiero resaltar que lo seamos sino que nuestros jóvenes se lo creen a ciegas). Tenemos la impresión de que en cualquier momento podríamos emigrar a vivir en Finlandia con el clima por mayor problema. Tenemos un amigo inmigrante casi de cada país de la U.E., y la mayoría de ellos en una situación social y económica equiparable a la nuestra (cosa que, para muchos inmigrantes de otros países es impensable). Tenemos una cultura propia uniforme: los autores europeos o norteamericanos (nuestros compañeros en eso que llamamos Occidente) tienen una popularidad enorme en comparación con los árabes o asiáticos. En resumen, hemos conseguido la cohesión interna de un país.
Gran parte de todo eso es gracias al programa Erasmus. No únicamente, pero desde luego ha tenido su papel.
La verdad es que si te fijas, en la mayoria de los casos, los estudiantes erasmus son un gueto, se juntan 5 erasmus del pais, con otros estudiantes del pais y punto , pelota.
Fijate los franceses con franceses, los italianos con italianos, etc etc, bueno haces turismo y conoces a gente de tu pais e incluso del pais de origen, pero en general estas en un gueto con unos “amigos obligados del pais”