No sé si es algún tipo de autojustificación de nuestra mala conciencia pero resulta enormemente fácil que sigamos considerando a las víctimas de las maldades como, al menos en parte, responsables de lo que les ha sucedido.
El hecho de que yo esté en una calle oscura y poco transitada y allí sea víctima de un robo con fuerza no quiere decir que yo sea el responsable. Puede que haya sido imprudente asumiendo un riesgo innecesario, pero no soy el que me ha robado y golpeado, ése es otro y él es que merece la reprobación completa.
Los modos de culpabilizar a la víctima son múltiples y puede que cada vez sean también más sutiles y efectivos, de forma que la propia víctima asuma, por propia iniciativa, parte de culpa en lo ocurrido como lo más natural. En ocasiones es una labor costosa que la víctima tome conciencia de que es la víctima y que tiene ninguna culpa.
Cuando hablamos de corrupción rápidamente nos lanzamos a hablar sobre si la sociedad no ha puesto los mecanismos adecuados, acerca de la eficacia de las sanciones o del funcionamiento de los controles. Toda esta crítica es cierta y necesaria, pero nunca se debe dar la impresión ni crear la conciencia social de que ha sido el sistema poco más o menos el que ha obligado a uno o a una a ser un corrupto.
La sociedad es la víctima de la corrupción; el corrupto es el culpable.







Hombre, todo eso está bien si piensas que la sociedad no es corrupta y que los únicos corruptos son los que aparecen en la prensa. Sin embargo, buena parte de la culpa de que haya corrupción recae en la sociedad (en sentido amplio): no porque la sociedad fuese imprudente y votase a manguanes, sino porque vivimos en una sociedad en la que se disculpa el chanchullo y el choriceo. Y no hablo de la corrupción de altos vuelos. Hablo del trapicheo a pie de calle. Vivimos en un país en el que a nadie le extraña que un amigo juez te quite una multa, o que un amigo funcionario te cuele en la cola de una administración. Esa clase de tráfico de influencias es tan común, que a nadie le parece demasiado mal que un político amañe un concurso público y le dé el contrato a un empresario colega, o que cobre una comisioncilla por el tema.
La corrupción es culpa, en primer lugar, de los propios corruptos, pero también de esa cultura de tolerancia que sirve de sustrato para que aquellos roben. El corrupto, por pequeño que sea, debe convertirse en un paria social, de tal manera que nadie se atreva a solicitarle un favor por miedo a que el asunto sea descubierto y ambos sean linchados ante la opinión pública. Y para eso hace falta una política de tolerancia cero, que, a través de medidas legales y políticas, cambie el esquema de incentivos que existe y que favorece enormemente la existencia de corrupción.
Igual que en otros ámbitos pienso que el aumento de las penas no disuade de futuros delitos (especialmente en el caso de robos menores, más afectados por las condiciones sociales, y crímenes pasionales, donde se ha demostrado que la probabilidad de reincidencia es exactamente la misma que la de que cualquier otra persona cometa el mismo delito [esto es, no influye para nada la cuantía de la pena ni su propia existencia]), creo que deberían aumentarse las penas para delitos de corrupción.
Hago mi propuesta: pena máxima según la legislación (en este caso, 30 años) sin influencia de ningún tipo por la cuantía o calidad de la corrupción; sin posibilidad de reducción de pena y con la notable excepción de la devolución del doble (quien dice doble dice el n% , con n mucho mayor de 100) de la cuantía total sustraída al Estado más intereses, en cuyo caso el corrupto quedará eximido de su deuda con la sociedad. Y, por supuesto, la misma pena para los funcionarios que, conscientes de la estafa, la permitan.
Los gobernantes deberían temer al pueblo, no al revés….
Ese mecanismo de culpabilizar a la víctima es particularmente evidente respecto de la violencia de género y de las agresiones sexuales a mujeres
Además existe una cierta presión social bastante visible para corromper. Me explico: normalmente se considera que tener la posibilidad de robar y no hacerlo, al menos en puestos medianos (concejal, alcalde, etc.) se considera, desde un entorno cercano al corruptible, como una muestra de estupidez. “Todo el mundo lo hace menos tú”, etc.
Las medidas que propone Adrián son de sentido común y no sé por qué no están ya en marcha. Es una simple cuestión de teoría de juegos: si el corrupto sabe que, aunque le pillen, va a tener ganancias, lo va a seguir haciendo. Desde el momento en que la ley explicita que se le caiga el pelo si le pillan trincando, se lo va a pensar dos veces.
Ñbrevu, mi padre fue alcalde de un pequeño pueblo en Málaga hace bastante tiempo… y creo que fue de los pocos que salieron con menos dinero del que entraron.
Y aun así, entiendo perfectamente lo que dices.
El ser humano, en general, facilmente se pierde, y con más facilidad si se le ofrece dinero para ello. Pervertir al otro es una tarea simple para quienes tienen el poder y el parné. De una forma u otra muchas veces veces compran nuestro silencio antes hechos pequeños de corrupción. Y quienes pueden y deben poner en movimiento los mecanismos para ejercer los controles son los mismos depravados que poco a poco descomponen a la sociedad toda, No es fácil la lucha contra ellos, y no es con una o dos medidas que los vamos a quitar del camino. En general son mafias organizadas, que están enquistadas en los altos mandos de un gobierno. Yo vivo en Argentina y desde que tengo uso de razón convivo con esta clase de rufianes.