
Hannah Arendt dividía la existencia humana en tres dimensiones. La primera de ella y de la que muchos seres humanos nunca lograrán salir es la del “animal laborans”, que es la forma de vivir de las personas que se conforman con la mera reproductividad humana, con reproducir el ciclo vital tan y como hacen los animales.
La traducción cotidiana de ese concepto filosófico es eso que escuchamos muchas veces de que hay que vivir la vida, no complicarse con nada y muchos menos en las cuestiones de intereses generales. En definitiva es la lamentable base ideológica del “Vivismo” que padecemos.
El “Vivismo” quiere una sociedad adormecida donde el objetivo vital no sea ni las mejores de las condiciones de vida, ni el futuro de nuestra ciudad ni mucho menos de lo que espere a nuestros hijos. El “Vivismo” es la ideología del momento, que mantiene que la culminación de la existencia es una cerveza o varias mientras se comentan los fichajes del Madrid (ser del Barça es sospechoso).
El “Vivismo” quiere una sociedad de personas normales, que en terminología arendtiana no sería otra cosa que una manada de “animales laborantes”. Ese modelo de sociedad, además de ser poco humano, es un desastre para la economía local y para el espíritu emprendedor.
El otro día, mientras navegaba por el periódico regional “La Verdad de Murcia” para comprobar el impacto que en esa comunidad había tenido la gloriosa visita de Ramón María Valcárcel a nuestra ciudad (no mereció nada más que un breve para rellenar un esquina de una página perdida), me encontré con una jugosa entrevista al pensador murciano Antonio Campillo, miembro del Foro Ciudadano de Murcia, que insistía en algo que constituye uno de los principales descubrimientos sociológicos: la relación entre liberalismo social y crecimiento económico.
Las regiones más liberales en su forma de ser y en sus costumbres, las que no imponen un modelo uniforme de vida personal, crean una situación adecuada para que las personas con más potencial desarrollen sus capacidades, sin necesidad de semeterse a los dictados de la normalidad de los “animales laborantes”. Esto es perfectamente lógico, porque la creatividad, la innovación y la imaginación requieren una sociedad abierta y no una sociedad cerrada, restrictiva y castradora. Lo que está sucediendo en nuestra tierra es lo que Nietzsche denominaba el imperio de la “moral de los esclavos”.
A nivel nacional tenemos el lamentable fenómeno de la “fuga de cerebros”, pero en muchas regiones españolas también tenemos un fenómeno de emigración no ya de los trabajadores menos cualificados, sino de los más cualificados, de los más preparados para mejorar el tejido económico y social, porque se sienten ahogados en una sociedad que adora el becerro dorado de la reproductibilidad vital.
La economía necesita de ideas nuevas, de ideas rompedoras, pero esas ideas no nacen de la nada, sino de personas que las crean en sus cerebros, que se las viven y se inspiran en el medio que les rodea. Una sociedad como la vivista que únicamente aspira a la normalidad, a la reproductibilidad, invita a los rompedores, a los creativos y a los innovadores a marcharse a sitios donde no sean vistos como anormales, raros y parias. Allí crearán riqueza y empleo. Mientras tanto aquí a esperar el siguiente subsidio.
Publicado en El Faro de Ceuta.







Realmente bueno el artículo, no conozco a su autor M. Calleja… y me ha sido necesario recibir noticias desde la “Geografía Subjetiva”, para saber de ellos (el artículo y su autor).
La reflexión filosófica sobre el texto no es necesaria, porque la realiza a la perfección el propio M. Calleja.
La reflexión de por qué no tuve la suerte de haberlo leído antes quizás sea porque… cada día nos llena de inmundicia éste periódico esperpéntico que se ha convertido en panfleto vocero del Gobierno de la Ciudad.
Supongo que la Ciudad en la que vivimos (el Autor y yo), es ejemplo claro para poder llegar a la deducción de:
“Las regiones más liberales en su forma de ser y en sus costumbres, las que no imponen un modelo uniforme de vida personal, crean una situación adecuada para que las personas con más potencial desarrollen sus capacidades, sin necesidad de semeterse a los dictados de la normalidad de los “animales laborantes”. Esto es perfectamente lógico, porque la creatividad, la innovación y la imaginación requieren una sociedad abierta y no una sociedad cerrada, restrictiva y castradora. Lo que está sucediendo en nuestra tierra es lo que Nietzsche denominaba el imperio de la “moral de los esclavos”.
Supongo que para que las excepciones hagan la regla, está este magnífico artículo de Manuel Calleja.
[...] La normalidad provoca parogeografiasubjetiva.com/2009/09/27/normalidad-provoca-paro/ por welcometothefall hace pocos segundos [...]
Ya que el artículo empieza citando a Hannah Arendt, también ella acuñó el concepto de “banalidad del mal” que está intimamente relacionado con el vivismo. El SS Eichmann, lejos de ser un sádico perverso, un malvado de película, resultó ser un funcionario gris y anodino.
El vivismo no sólo es corto de miras y ayuno de creatividad; carece de espíritu crítico y es capaz de las mayores abyecciones sin cuestionarlas mínimamente. Un “animal laborans” puede que no sea motor de crecimiento económico pero resulta de una comodidad inmensa para los que manejan el cotarro.
¡Sorpresa! Hay gente que te lee en lugares donde lo sospechoso es ser del Madrid.
Y para aportar algo más, repetiré lo que suele decir el profesor Navarro: Hay que tener cuidado cuando se habla de liberalismo. Aquí se está hablando de liberalismo social, digamos que ‘liberalismo a la americana’. Y no se debe confundir con el liberalismo económico, digamos que la acepción europea del término.