Pensaba escribir algo sobre el artículo de Rodríguez Ibarra de hoy en “El País”, pero me alegro que Roger Senserrich se me haya adelantado y haya escrito un espléndido análisis en su última entrada. Me adhiero a lo que él dice y os lo recomiendo, pero también me gustaría comentar o reiterar algunas ideas.
Si alguien teme que las consecuencias de hablar sea el ostracismo y esto es así, no sólo es responsable de cobardía el que se calle, sino que también lo es, y de otra cosa más grave, el que le hace pagar las consecuencias al disidente.
Me molesta el recurso al tópico del militante de ideas férreas e impenetrables que nunca ha sido ni concejal pero que defiende su ideario como nadie, en contraposición a los ex ministros que han renunciado a su acta de diputado. Me parece una comparación burda y con la única intención de jalear demagógicamente.
No creo que ni Solbes, ni Sevilla o Molina tengan que justificarse, porque el haber contado con ellos ha sido un lujo para el gobierno. Lo que se debería preguntar Rodríguez Ibarra, en mi humilde opinión, es por qué ese estupendísimo militante nunca ha sido concejal si tan modélico es como para echárselo en cara a tres personas de primer nivel.







Primero: no creo que una persona que defiende a chorizos y terroristas de Estado (Vera, Barrionuevo, Galindo) sea (al menos para mi), referente de nada. Si el señor Ibarra se retiró de la política creo que fue por problemas de salud , nadie le obligó ni le condeno al “ostracismo”. Segundo: Solbes era el típico burócrata contable neoliberal que si lo intercambias con Rato no notas la diferencia (sus políticas eran indénticas), tampoco es que sea santo de mi devoción.