Como ya os he contando en otra entrada, ayer en Vistalegre el gran protagonista fue Patxi López. Hubo un segundo protagonista, más allá de los principales líderes del PSOE, al que se le rindió homenaje por su trabajo contra la “Directiva de las sesenta y cinco horas”: el eurodiputado Alejandro Cercas.
Ése fue el momento en el que un buen grupo de usuarios de Twitter, que seguían el acto a través de la etiqueta #vistalegre, se ensalzaron en un debate (o discusión) sobre el papel de Alejandro Cercas en la votación de la “Directiva sobre inmigración”. Un charla básicamente entre twitteros del PSOE y de IU.
No voy a entrar en el debate sobre esta directiva o sobre la esencia ontológica de Twitter, solamente quiero comparar el trabajo de Cercas con el de los eurodiputados que solamente se oponen con su voto a las directivas.
La “Directiva de la sesenta y cinco horas” parecía que iba a pasar sin pena ni gloria. El Consejo la envió al Parlamento dentro del procedimiento de codecisión. El Parlamento Europeo es una cámara sin una mayoría clara, con diputados de todas las tendencias imaginables, procedencias geográficas y culturales diversas y con una escasa disciplina interna dentro de los grupos parlamentarios.
Alejandro Cercas tenía dos posibilidades. Intervenir en el Parlamento y decir que no, votando luego en consecuencia, o bien comenzar una intensa labor para convencer a los diputados, casi uno a uno, convergiendo con la movilización sindical, para lograr que la mayoría de los diputados terminasen rechazando esa farragosa directiva.
Los diputados de IU, como la propia IU desde hace mucho tiempo, se conforman con una actuación política testimonial, esto es, les basta que su oposición figure en las actas y luego decirlo. En política, en la de verdad que se desarrolla con múltiples actores, no basta con votar sino que hay que movilizarse para que, en primer lugar, el tema que te interesa le interese a más actores, y en segundo lugar, que el interés lo sea en el sentido que uno mantiene.
El homenaje a Alejandro Cercas era merecido, no sólo por su oposición a ese proyecto, sino también por el trabajo que hizo posible parar su aprobación. Todo lo demás son ejercicios de retórica y de pataleta por no haber liderado algo que ellos podrían haberlo hecho y que, ateniéndonos a los hechos, no hicieron.







UGT y CCOO deberían sumarse al homenaje. Digo yo.
Pues sí.
¡Coño, Manu!