
La publicación de la última carta del Papa Benedicto XVI, a todos los obispos católicos, ha desatado muchos rumores y especulaciones que han trascendido el oscuro medio de los vaticanistas. Nunca había leído a un Papa una crítica tan amarga del cerrado mundo que le rodea y clamando públicamente por su incomunicación respecto a la sociedad.
No es extraño esto que está sucediendo. Más allá de los problemas de comunicación del Vaticano, que tiene mucho que ver con sus mensajes, y de la incapacidad de escucha que esta organización tiene, paralizada y cerrada sobre sí misma,
Moviéndonos únicamente en un plano de interpretación política todo esto de lo que se queja el Papa y que los medios de comunicación reproducen y analizan, es consecuencia tanto de las circunstancias de su elección y de la misma elección de su persona.
El Cónclave de 2005 se rigió por unas normas nuevas. Si pasado determinado número de votaciones nadie obtenía los dos tercios requeridos, se pasaba a requerir únicamente mayoría absoluta.
La mayoría reforzada estaba destinada a que el elegido contase con el apoyo, al menos en la última votación, de un número fuertemente representativo, eliminando la posibilidad de elegir a alguien al que respaldase una mitad y otra que no lo hubiera hecho. El hecho de que cupiese, en un momento dado, la elección por mayoría absoluta quitó incentivos para llegar a un consenso, de forma que la mayoría conservadora mantuvo su candidato a la espera que el resto se le uniera para terminar lo antes posible una elección ya cerrada. Benedicto XVI ha cambiado las normas una vez elegido.
El segundo elemento es la persona elegida. Joseph Ratzinger había sido uno de los hombres fuertes de Juan Pablo II, no había dejado muchos amigos por todo el mundo, ni tampoco en el propio Vaticano, más dado a las formas moderadas de la Curia que a las decisiones cerradas y autoritarias del polaco y del alemán. Sin el carisma del primero, el temor hacia el segundo pierde fuerza, pues como bien decía Maquiavelo lo mejor es que el Príncipe sea que ser amado y temido.
A sus antecedentes, hay que unirle el hecho de que accedió a la sede romana con 78 años y que ahora cuenta con 82. Se decía que el Papa que sucediera a Juan Pablo II sería de transición, aunque el “corrimiento de la lista” haya dado la impresión de que no era así.
Más temprano que tarde Benedicto XVI empezará a ser noticia por su salud. En un sitio donde dicen que “piensan en siglos” el tiempo de Ratzinger en el Solio Pontificio ya lo tienen más que descontado, por lo que ahora cuenta no moverse ni involucrarse demasiado.
Lo peor de todo, para él, es que Benedicto XVI no ha optado por hacer limpieza, como el anterior Papa de transición, Juan XXIII, y ha querido ser un triste epígono bávaro de Juan Pablo II.







Lo peor de todo es que siga habiendo Papas Hipocritas….sospecho que el progreso moral de los cristianos no ha avanzado mucho!
No quiero ofender a nadie con esto,pero no merece la pena ni hablar de ellos.
Pura manipulación.
Un abrazo,queridio geógrafo desde QUERIDO FACEBOOK
Te sigo desde PTB.