
No soy muy ducho con las concordancias, como os habréis dado cuenta si me leéis de vez en cuando. Quizá sea así porque tengo albergado a un idealista profundo que sigue creyendo que si la realidad no es como uno dice, pues peor para la realidad.
Me encanta como Moreno Cabrera explica las incorporaciones y las excorporaciones de partes de la oración dentro del verbo. Últimamente le estoy dando muchas vueltas a este asunto, pero no precisamente por cuestiones lingüísticas.
La persona, el número, el tiempo verbal o el modo dejan de ser conceptos de una lingüística mejor o peor aprendida, para convertirse en una forma de entender el modo. Cuando uno cambia sus conjugaciones, cuando el número varía pese a que la persona permanezca, cuando el tiempo con más relevancia es el futuro rompiendo con los más diversos pretéritos, no sólo se transforma la expresión, sino que se transforma el que habla o escribe.
Uno piensa, o más bien aprende a pensar, en esas nuevas conjugaciones. Uno lo hace porque en el fondo sabe que el Idealismo es mentira, que hay realidades que se nos imponen y que trastocan tanto nuestra percepción del mundo que hacen que las conjugaciones anteriores no tengan sentido. Primera persona del plural del futuro.







¿Einch?
Yo pensaba que sólo era cosa de buena educación