
Walter Veltroni ha dimitido como secretario general del Partido Democrático italiano. Este partido nació con la clarísima pretensión de unificar a todas las fuerzas de la izquierda italiana, en un intento de acabar con la fragmentación endémica del centro-izquierda y de la izquierda, hasta ahora dispersa en una gran cantidad de partidos, beneficiados por un sistema electoral con el que es fácil obtener representación parlamentaria.
El nacimiento del Partido Democrático, del que Walter Veltroni fue elegido líder como único líder con cierta credibilidad pública, ha coincidido con una serie de derrotas electorales, comenzando por la pérdida del poder tras la derrota del gobierno de Prodi en su trigésimo segunda moción de confianza y la subsiguiente derrota electoral.
El problema que tiene el Partido Democrático es todavía no es un partido, porque sigue siendo un mero agregado de diversas corrientes, antiguos partidos y fuertes personalismos. Crear un partido requiere tiempo y que las incorporaciones no sean al modo de inevitable coalición, sino al partido.
Cuando esta “conciencia de partido” falta, hay algo que puede unir, que no es otra cosa que el poder. Pero tampoco hay poder consistente que detentar, de forma que todos tienen tiempo para pelearse entre sí y pocos incentivos para mantener una unidad, aunque sea forzada.
Veltroni ha dicho que al próximo líder no hay que exigirle resultados inmediatos. Puede que tenga razón, pero la pretendida tendencia al bipartidismo en Italia, junto con la necesidad de plantear una oposición solvente como alternativa a Berlusconi requiere, hacen necesario un líder capaz de aglutinar las fuerzas centrífugas de su partido mediante expectativas plausibles de una victoria electoral.
En todo caso no hay que descarta que esta dimisión sea estratégica y que, pasados unos meses y con todas las fuerzas exhaustas por la guerra interna, Veltroni vuelva como símbolo de unidad y con un liderazgo reforzado resistente a reveses electorales.






