
A la hora de conformar un proyecto político de cara a la ciudadanía muchas formaciones políticas se plantean si deben disociar el liderazgo orgánico de la candidatura electoral.
Un partido político es ante todo un grupo de personas que quiere gobernar, según un programa, y que se presenta a las elecciones con la intención de tener el respaldo mayoritario de los ciudadanos.
La mayoría de los partidos políticos optan por unificar los dos liderazgos, de forma que normalmente el liderazgo orgánico conlleva necesariamente el liderazgo electoral. Esto hace que los procesos internos de elección de los órganos rectores dentro de los partidos sean también un proceso de selección del candidato electoral.
Digamos que hay dos modelos posibles: la unión entre el liderazgo orgánico y el liderazgo electoral y la disociación de estos dos. Los dos presentan ventajas y problemas. Os invito a que intentemos un examen de ellos.
Unión entre liderazgo orgánico y liderazgo electoral.
La ventaja que tiene este modelo es que el partido funciona como una máquina totalmente compenetrada hacia la consecución de objetivos electorales. El líder, en su doble condición, tiene una potestad absoluta para dirigir al partido. El éxito político se identifica con el éxito electoral. Si se llega a gobernar hay un desplazamiento del poder orgánico, ya que el líder se concentra normalmente en su papel de gobernante.
El mayor inconveniente es que si se da un fracaso en las urnas, éste se expande por todos los órganos del partido, porque órganos del partido y organización electoral se han confundido totalmente, aunque formal y estatutariamente haya una separación.
Incluso si se gobierna, pero especialmente si se está en la oposición, cuando hay una unión las crisis internas afectan tanto al partido como a la actividad política de ese partido, produciéndose una parálisis absoluta, ya que no es posible establecer un límite claro entre lo interno y lo externo.
Disociación entre liderazgo orgánico y liderazgo político.
La ventaja que presenta este modelo es que el partido tiene una existencia funcional autónoma respecto a los avatares puntuales de las diferentes confrontaciones electorales. El aparato del partido funciona independientemente del liderazgo electoral, de forma que la estructura permanece incólume.
Se pretende una relación equivalente a la que legalmente mantienen la Administración y el Gobierno. El éxito del partido, además del éxito electoral que le da sentido a la existencia de éste, se evalúa administrativamente de forma que se trabaja por una mejor gestión.
Los inconvenientes que pueden devenir de este modelo también proceden de sus teóricas ventajas. Puede darse no una disociación entre los dos liderazgos, sino la idea de que uno no tiene nada que ver con el otro, de que uno puede mantener unas cosas que el otro no tiene que mantener. Esto último es especialmente grave en el caso de que se gobierne.
Pueden aparecer incluso intereses administrativos en una dinámica diferente de las metas políticas. El aparato puede caer en la tentación de pensar que él permanece mientras que los candidatos pasan.
¿Cuál de los dos modelos es preferible? Sin duda depende de numerosas circunstancias que ocuparían varias entradas más.
También tiene mucho que ver con la tradición de los partidos. Los dos grandes partidos españoles tienden a unificar los dos liderazgos (el PSOE tuvo una malísima experiencia cuando lo disoció), aunque otros partidos, como el PNV, que mantienen una tradicional disociación entre la jefatura del partido y sus candidatos electorales que han sido hasta ahora los que han accedido a la Presidencia del Gobierno Vasco.







Y el PNV es el único partido grande en España que ha sufrido escisiones constantes, y más conflictos internos que Izquierda Unida. Su éxito electoral ha sido considerable, pero tiene más que ver con la sociología del País Vasco (y el hecho que nunca ha tenido un competidor nacionalista creíble) que otra cosa.
El liderazgo dividido es, en general, un desastre. No lo usa casi nadie en Europa (el PNV ahora, el PSOE y el SPD en experimentos fallidos, y poco más)… por muy buenos motivos.
Siendo pedante, me voy a autocitar, con un post en que hice un pequeño modelo teórico del PNV:
http://ego-marx.blogspot.com/2007/09/imaz-lo-deja-el-pnv-y-su-bicefalia.html
Egócrata, estoy de acuerdo contigo en que el liderazgo dividido ha producido malas consecuencias, aunque en otros niveles políticos, como locales y autonómicos sí ha dado buenos resultados en determinadas ocasiones.
El problema esta cuando el responsable del aparato aspira a ser el candidato electoral…
Dices que: “El mayor inconveniente es que si se da un fracaso en las urnas, éste se expande por todos los órganos del partido, porque órganos del partido y organización electoral se han confundido totalmente, aunque formal y estatutariamente haya una separación.”
No creo que esto ocurra a nivel local. Quizás la realidad nos demuestre todo lo contrario, que cuando se produce un fracaso en las urnas, al tener el control de los órganos del partido no pase nada, o casi nada.
Incluso estando en la oposición, si hay unión entre liderazgo orgánico y político institucional, se seguirán manteniendo ambos muy más fácilmente. No ocurríria lo mismo si estuvieran disociados.
Creo que como bien apunta el autor del post en su comentario hay diferencias entre el poder local (sea autonómico o municipal) y el nacional. Ahora bien, sin ánimo de ser simplista, creo que además resulta esencial dividir entre estar en el poder y en la oposición. Pienso que desde la oposición mejor tener a un político –líder- al frente de todo. Tiene que aprovechar todas las (pocas) oportunidades que le puedan surgir desde tan sufrida posición. Gobernando, sólo a nivel nacional, es mejor estar dividido. Igual estoy equivocado, pero lo veo así (sin militar en ningún partido).
Jolín egócrata, me has quitado lo que iba a decir :) Si es que es increíble que haya gente que no te lea, aisss :P
Tengo dudas…
Montilla era el primer secretario del PSC y le salió bien “la jugada Maragall”: consiste en ganar las elecciones (o poder formar Gobierno, como fue el caso) mediante persona interpuesta, porque por tu bajo perfil tú mismo eres consciente de que tienes casi imposible ganar las primeras elecciones, para cepillarte, una vez que tu partido tiene el poder, a tu propio presidente y encabezar después el cartel electoral y acceder así al cargo, que como es sabido hace que se te ponga “cara de carisma” incluso si obtienes 5 escaños menos que tu compañero predecesor…
Creo que estoy con Lobo y que los problemas se dan “cuando el responsable del aparato aspira a ser el candidato electoral…”. ¡Y es que es difícil ser consciente de las propias limitaciones, sobre todo cuando los de alrededor te dicen a diario lo bueno y guapo que eres!
En el interior de los partidos, se defiende la separación cuando no se ostenta el cargo institucional que se desea. Conozco el caso en el ámbito local. Se defendía la separación entre secretaría general del partido y alcaldía, para obtener primero la primera y así quedar bien “posicionado” para ser candidato a la segunda. Aunque los argumentos que se usaban no eran esos (obviamente, nadie enseña todas sus cartas) sino que se hablaba de la autonomía del partido, su necesidad de pervivencia entre elecciones locales, la necesidad de vida propia para tener presencia social, etc. Ahora que el que defencía esa separación ya es alcalde, lo veremos defender la necesidad de unir en una misma persona (ella misma) los dos cargos por el bien de la estabilidad en las relaciones partido-ayuntamiento, y la sintonía entre dirección y política municipal y de la agrupación local. “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira”.
Francisco Javier sí que ha entendido el secreto de la política…
Francesco, la veteranía es un grado…aunque en política esté feo decirlo.
Francisco Javier, no estás feo decirlo. Es una verdad como un templo.
Lo que yo planteaba son dos modelos teóricos y las ventajas y desventajas, también teóricas, de cada uno de ellos.
Luego la realidad supera a los modelos y hace que hasta los que mantenían uno, luego se cambien al otro según les convenga a sus intereses.
En todo caso sí creo, en la línea de Andrian Vogel que no es lo mismo estar en el gobierno que en la oposición. Incluso en el modelo de la unificación de liderazgos, cuando se está en el poder, y más cuando la dimensión del poder es alta, el líder delega casi todos los poderes orgánicos en su segundo.
Ha pasado en los dos partidos nacionales, y es lógico que pase.