Muchas veces he leído y es escuchado más hablar contra el consumismo. Es un tópico de la “ética ambiental en nuestra sociedad”. Durante mucho tiempo, en mi juventud, había algo que no me cuadraba en toda esa oposición al consumismo. Ir ganando en años y en conocimiento de las cosas me ha dado cierta tranquilidad para defender con toda tranquilidad de conciencia el consumismo.
Entiendo por consumismo la adquisición de bienes y servicios que no son esenciales para vivir, optando por bienes y servicios más económicos, comportamiento al que le podemos dar el nombre de “austeridad”.
¿Es moralmente buena la austeridad frente al consumismo? La respuesta es no y solamente alguien que piense que los seres humanos somos individuos aislados, que no vivimos en sociedad y que la economía no es importante puede pensar lo contrario. La mayoría de las empresas y de los puestos de trabajo dependen de la producción de bienes y servicios que no son necesarios.
Tener una televisión o un ordenador no es necesario para vivir, pero el hecho de que la mayoría tengamos una televisión o un ordenador genera una serie de beneficios y de mercados más allá de los aparatos que de no existir harían más pobres a todos, empezando por los empresarios y los trabajadores de estas empresas.
Si pensamos en qué trabajan la mayoría de las personas de nuestro círculo, podremos comprobar que pocos lo hacen en la producción y servicios necesarios, sino todo lo contrario. Si todos redujéramos nuestro consumo al nivel de lo necesario, lo único que produciríamos es pobreza y miseria. Ésta y no otra sería la consecuencia de un comportamiento “austero” por parte de todos nosotros. Esta postura ética ignora algo fundamental: la “ley de la gravedad”.
Toda esta reflexión viene motivada tras la lectura de una noticia, que he conocido por un meneo, que dice que el Papa Benedicto XVI denuncia que la juventud idolatra al éxito y las ganancias. Me ha causado la reflexión anterior sencillamente porque es una versión más de lo anterior y, además, es hipócrita.
¿Qué prefiere el Papa que un obispo tenga lleno el seminario de futuros sacerdotes o que sea un tipo estupendo pero que el seminario esté criando telarañas? ¿Qué prefiere el Papa que el obispo de un lugar tenga miles de fieles que se incorporan al Catolicismo o que se les vayan a todas las confesiones y religiones imaginables? ¿Quiere el Papa que su secretario de Estado sea eficiente en las gestiones que le encomiende o que no lo sea?
No hace falta que el Papa conteste esta pregunta porque él también evalúa a los suyos por el éxito y las ganancias. El Papa no ignora la “ley de la gravedad” y eso le honra, pero le honraría más que quejase de recomendarle a los demás que la ignoren.




Confundes eficacia con austeridad y humildad. El Papa preferirá, evidentemente, Obispos, sacerdotes, fieles, Secretarios de Estado eficientes, pero no consumistas, y que no busquen el éxito personal, sino el éxito de la Iglesia. No es tan difícil de comprender.
Es decir que el Papa quiere el éxito de la Iglesia, éxito que sigue siendo éxito aunque sea el de un ente abstracto. Total que quiere lo mismo que un chavalito que quiere forrarse
No confundo nada porque la eficacia trae el éxito y el éxito debe ser proscrito, según el Santo Padre.
Ignoras que para el Papa, y para los católicos, el éxito de la Iglesia es consustancial a su esencia y misión. No es vanagloria, sino reconocimiento de una obra de Dios, para que nos entendamos.
En primer lugar he de decir que no soy anarcoprimitivista, ni hippie, por lo que no apuesto por ningún modelo de sociedad basada cuyo modelo de producción se limite a satisfacer las necesidades biológicas.
Ahora bien, la crítica al consumismo dependerá de cómo definamos éste. Veo que lo haces por motivos económicos, es decir, pensando en que es necesario para el sistema. Y es verdad. Las crisis de sobreproducción se originan porque la demanda no es capaz de atender tanta oferta, aunque siempre se ha debido a que estaba falta de recursos y no porque quisiera. Si no hay consumo, hay menores beneficios empresariales. Si hay menores beneficios empresariales hay despidos, y si hay despidos hay menos renta para el consumo y vuelve a haber pérdidas y despidos. Y así…
Ahora bien, ¿es la circulación de dinero o el consumo en sí lo que da vida al sistema? El consumo es el canal a través del que circula el dinero, pero bien podríamos encontrar otro canal alternativo. El dinero podría circular, por ejemplo, si acudimos a las tiendas y le damos el dinero a condición de que el empresario destruya los productos. Como los destruye, tiene que volver a producir, y tiene dinero para hacerlo porque se lo hemos dado. Y de consumo en sentido estricto no hay nada. Sólo hay una lógica producción-destrucción que no es sino el corazón del capitalismo.
De ahí que una de las paradojas más curiosas del capitalismo sea que si el Estado manda construir edificios para luego destruirlos, pagando a los trabajadores, el sistema persista (peor o mejor -cuestiones de rentabilidad y eficiencia-, pero sobrevive).
Es decir, el problema no es el consumo en sí mismo sino la lógica capitalista. Si la lógica capitalista necesita del consumo, y para ello recurre a técnicas publicitarias y mecanismos de sugestión que nos provocan infelicidad (la no satisfacción de los deseos adquiridos), no es un problema del ser humano sino del sistema.
Porque si para salvar a un sistema tenemos que meter horas y horas en el trabajo para salir de él y consumir como locos cosas que no necesitamos pero que deseamos, y volviéndonos a casa realmente insatisfechos, mal vamos.
Y, por otra parte, se podría ser más pragmático y pensar en distintos tipos de consumo: no es lo mismo el consumo de herramientas que facilitan la vida y nos proporcionan comodidad (yo también quiero estufas en invierno o un ordenador para comunicarme con mis padres), que el consumo puramente enfermizo como es la moda en general.
No, hombre, lo que Benedicto XVI denuncia es el éxito “fácil”, el que se quiere alcanzar sin sacrificios ni méritos concretos.
Las palabras del Papa no son nada nuevo. El Papa llama, como siempre, a renunciar a los éxitos terrenales y a entregarse al “amor de Cristo”. Tales palabras parecen hacernos suponer que ser felices en la tierra y llevar una vida de placeres y triunfos, centrados en nuestro bienestar, es algo repudiado por Dios. Como si Dios hubiese creado el placer como una forma de “prueba” que tendríamos que superar para entrar en el reino de los Cielos. No hace falta decir que si Dios necesita “probar” su obra, quizá no es tan perfecto… Y si Dios nos prueba… ¿No será más bien que Dios usa la religión y la fe para calibrar si de verdad somos tan racionales como él pretendía? Aquel que no use la razón, se va al infierno. El Cielo está reservado para ateos y agnósticos.
Detrás de estas palabras del Papa subyace una doble intencionalidad: primero, es un simple acto de demagogia. Pretende quedar bien ante los jóvenes, dándoles un motivo para ser rebeldes contra el sistema, pero desde dentro del redil de la Iglesia. Y segundo, es la muestra del pavor que siente la Iglesia, desde sus primeros momentos, hacia los placeres terrenales. No hablo exclusivamente del sexo, sino de toda clase de triunfos y éxitos. Éstos pueden hacer que nos distanciemos del culto organizado, tratando cada uno de conseguir la autorrealización por su cuenta. Es por ello que la Iglesia carga continuamente contra el individualismo, equiparándolo con la superficialidad y el egoísmo. Un cristiano individualista, que se guía por el legítimo éxito personal, tiende irremisiblemente hacia el protestantismo. Y eso, lógicamente, no le interesa a la Iglesia.
Por cierto, no hace falta decir que pretender llevar una existencia con una mayor calidad de vida, con más comodidades y placeres, no sólo es económicamente útil (como bien señalas), sino moralmente impecable. No hay ningún principio ético que diga que ser feliz está mal (matizando, claro, aquellos casos en los que la felicidad propia se ponga por delante del bienestar mínimo de los demás).
pues no será porque el Vaticano (Iglesia Católica) no sea una loa a la riqueza desmedida y la ostentación de riqueza ¡ah, pero como es en honor a Dios! ¡menuda justificación!
La crítica del consumismo no es en esencia de izquierda. Es cristiana (y el cristianismo no es de izquierda, por mucho que en su origen se dirigiera a un público de pobres), es decir dirigida a ganar adeptos seguidores del mensaje de Jesús (”deja a tu familia, abandona tu trabajo y tus bienes, y sígueme”, más o menos en sus palabras evangélicas, que yo ahora recuerde). La izquierda pretende sacar a la gente de su postración, de la “pobreza” a la que le somete “la explotación del hombre por el hombre”, como se decía antes. El cristianismo pretende la comunción, el abandono de la riqueza y el compartir la pobreza, como medio de comunicarse en la vida diaria con su profeta, hasta la segunda llegada del mesías, que les librará de la muerte (donde ya no hacen falta bienes de consumo). Este mensaje se intentó plasmar en la práctica por los diversos grupos que surgieron, llamados heréticos. Y considerados sectas, por la Iglesia católica, triunfadora, paradójicamente, por hacer lo contrario, es decir, aliarse con el Emperador (romano), que la hace fuerte a base de donaciones en dinero y territorios que administrar. Esa es su contradicción, que “solucionan” con mano de hierro, en una organización estrictamente jerárquica.
Otros grupos han recogido el testigo posteriormente, como los hippys y utópicos, añorando un mundo feliz y austero (pobre), pero Marx puso las cosas en su sitio. No se trata de empobrecernos para hacernos iguales, sino que, al ser iguales de nacimiento, debemos articular mecanismos para compartir las riquezas y mejorar la vida de nuestros congéneres, acabando con privilegios derivados del status social. Por tanto, a mayor riqueza (más bienes, de producción y consumo), mejor para los humanos, organizados de forma igualitaria, y libres. Quienes hacen de la crítica del consumismo su ideología, pretenden el empobrecimiento y el sometimiento de los individuos a la colectividad. Eso ya fracasó claramente en el experimento soviético (que creó una nuevo iglesia atea), aunque algunos sigan añorando esa supuesta superioridad intelectual y práctica, en detrimento de la socialdemocracia.
Yoquese el éxito es éxito sea de lo que sea y no ignoro esas consustancialidades, más bien las pongo de manifiesto.
Ark hablo del consumismo en los términos que lo defino, no en otros que podrían ser patológicos.
Mario y Francisco Javier la cuestión moral está a favor de la tesis que defendemos. Los pauperismos son contrarios a la dignidad humana.
Casi me caigo cuando he creído leer “defensa del comunismo”, amigo…
Franesco, y yo me he quedado helado pensando que fácilmente se puede leer “comunismo” en vez de “consumismo”.
La verdad, yo personalmente estoy en contra del consumismo aunque si es muy conveniente definir que se entiende por ello. Para mí el consumismo es el consumo superfluo e innecesario; y sí, la mayor parte de nuestro consumo lo es. En este sentido, cuando defiendo que se cambien los patrones de consumo no hablo de consumir menos(en gasto) sino de consumir mejor. Digamos que deberíamos usar menos energía eléctrica, pero la que usásemos fuese de fuentes más respetuosas con el medio ambiente. Igualmente con el resto de productos que empleamos a diario. Esto no haría descender el consumo, medido en gasto, pero sí en cantidad. Para mí el consumismo es una lucha contra el consumo masivo y depredador para sustituirlo por otro más justo y respetuoso. Es cierto que tendríamos menos “cosas” pero estas serían más respetuosas con el mundo en que vivimos.
Por otra parte y en mi humilde opinión, decir que la austeridad genera desempleo es una conclusión precipitada. Puedo ser austero por convicción, ejemplo de aquellos vegetarianos que tienen entre sus motivaciones el respeto al medio ambiente, consumir menos productos y emplear mis ingresos en otros fines que generen puestos de trabajo en mayor número (ejemplo de la agricultura ecológica y el comercio justo).
Finalmente, leyendo a Macpherson en La democracia liberal y su época, habla de cómo cada sistema político precisa un “modelo de hombre” diferente, por ejemplo, el capitalismo y el hombre consumidor-depredador. Tal vez el renacer de corrientes como el comercio justo y la austeridad del consumo pueda general la base para un nuevo sistema político, no basado en la exaltación de los ideales “yuppies” sino más bien en los de consume hasta morir (ver su página web).
Braar, yo tampoco defiendo el consumo patológico, pero mi crítica a la austeridad creo que la compartes. Si todos fuéramos tan austeros que prácticamente sólo consumiéramos lo imprecindible, habría pobreza. Otra cosa es que uno opte no gastar en algo para gastar en otra cosa o que los recursos limitados deban de ser consumidos de una forma más eficiente.
La sociedad está compuesta de individuos a los que debe ser útil y no al revés. No se puede buscar una tendencia al consumo pensando en la utilidad social. Que esta economía necesite del consumismo no es más que un indicio de que nos lleva al desatre. Consumo poco, no por ideología, sino porque encuentro satisfacción en pocas cosas de las que se pueden comprar con dinero. Prefiero ahorrar para ser más libre y poder decir no al mayor número de imposiciones sociales que me desagraden.
Un saludo.
En realidad, la cuestión es que cualquier occidental que disminuya su consumo contribuye a que el resto de la humanidad pueda consumir lo imprescindible. Yo hablo en sentido global, planetario, consumir mucho hoy por hoy es un privilegio superfluo para una minoría y algo dañino para la mayoría de la humanidad (ya que aumenta la demanda y hace inalcanzable los bienes a aquellos que no tienen ni lo imprescindible en muchos casos).
Una vez todos tengamos igualdad de oportunidades radical, entonces y siguiendo siempre criterios de sostenibilidad, podremos alabar el consumo propio. Mientras creo que es algo equivocado.
Por otra parte, no tengo una opinión clara sobre el consumo propio, es decir, creo que existe cierta racionalidad en que un occidental consuma mucho pese a que ponga en riesgo la vida de otros individuos. Mi percepción del ser humano (algo progresivo como ser vivo + animal + humano, como una muñeca rusa) implica que las necesidades más internas imperan sobre las externas. De esta forma, como seres vivos nuestra función vital fundamental es la trasmisión de nuestra información genética. En este sentido, todo consumo orientado a esa función vital estaría justificado, desde un punto de vista biológico, ya que al fin y al cabo esa función esta por encima de la solidaridad entre individuos (un concepto humano, más superficial y no prevalente sobre las necesidades que tenemos como seres vivos). En este sentido, el consumo sin fin no es superfluo ni patológico, simplemente natural. Ahora bien, somos algo más que animales, ¿no?
Braar, el desarrollo de los pueblos se mide por la cobertura de las necesidades básicas y por los niveles de consumo. Subir el consumo es una aspiración de los que no lo tienen.
Juan Carlos, la utilidad social repercute sobre los individuos. La cuestión no es que vaya al desastre porque haya consumo, sino que los que están peor son precisamente los que no pueden acceder a los bienes de consumo.
Hablar de cosas superfluas no tiene ningún sentido. Estrictamente necesario, podríamos sobrevivir con unas 1250 calorias al día en arroz o maiz u otro cereal y una pieza de ropa para toda la vida. Todo lo demás es superfluo. Y aún así, lo del consumo al alcance de la minoría es una falacia demasiado extendida, cuando no peligrosa por no llegar a reconocer la responsabilidad de los propios pueblos del tercer mundo por su subdesarrollismo.
Nosotros no robamos comida de ningún país, primero porque se compra, y segundo porque la mayoría es producción propia. Es más, productos como metales y recursos naturales en verdad aquí se los compramos caros a los países del tercer mundo, pero el dinero se lo quedan sus corruptos gobernantes. Lo del comercio justo me parece ya del mundo de la piruleta; yo compro el producto que me da la mejor relación calidad/precio y si resulta que entre los arranceles de entrada y los impuestos a las exportaciones estilo Kirchner lo que me venden es más caro y encima de peor calidad, no lo encuentro de recibo.
El consumismo, es una aberración, sin la publicidad agresiva, intrusiva, falaz, mendaz y pérfida, se detendría.
Y sin embargo, otros bienes no económicos, de valor real, nos son retirados, como la sanidad pública de calidad por lo que se produce una deriva a la privada; o nos son impuestos, como los peajes, en una clara dejación de los deberes de las autoridades y una clara concesión de privilegios clientelares.
Pero claro, yo, de eso no entiendo nada, pero PREMIO NOBEL DE MEDICINA 1993 RICHARD J. ROBERTS, si y dice lo mismo.
¡Salud, en tiempos de crisis!