Hace varios días estaba saltando de página en página y encontré una entrada que me interesó en el blog de Martanauta. Dado que no estaba demasiado de acuerdo con lo expuesto me permití hacer un comentario, que ahora me dispongo a desarrollar un poco.
La idea de estadista nace para designar a un político o gobernante determinado. Sería aquel político que trasciende una ideología, unos intereses, para entregarse a los intereses del Estado o de la comunidad que gobierna.
Primariamente esta idea se aplicó a Winston Churchill cuando fue Primer Ministro durante la Segunda Guerra Mundial. El problema es que luego se ha descontextualizado. Evidentemente Churchill llevó una política no partidista porque, en ese momento, lo único que importaba al Reino Unido era ganar la guerra y, fuera de lo bélico, había pocas decisiones que tomar. Durante el segundo mandato Churchill, desaparecidas las circunstancias anteriores, se dedicó a intentar llevar a cabo el programa del Partido Conservador, sin otras veleidades.
Habrá quiénes consideren que la actual crisis económica es equivalente a una guerra y reclame pactos de Estado y una gestión política no política. El problema es que esto no es más que una maniobra para eliminar la pluralidad que debe acompañar toda democracia. El mismo Roosevelt llevó una política propia, partidista, y fue ésta y no los compromisos con los republicanos la que permitió que los Estados Unidos salieran de la crisis de los años treinta.
La noción de estadista realmente es un sinónimo de la noción de “héroe” que la Filosofía de la Historia, alemana y de corte romántico e idealista, había creado en el siglo anterior. El problema era que esta Filosofía no solamente era alemana, sino que había ensalzado lo alemán sobre todo y buena parte del imaginario pangermanista estaba construida sobre ella. Quedaba feo y, de camino, un tanto arcaico hablar de “héroe” histórico. Desde entonces se habla de “estadista”. Yo quiero buenos políticos, no estadistas.






Incluso más allá, yo quiero buenos gestores. Que sepan gestionar nuestras riquezas y sepan repartirlas sabiamente.
Yo tampoco soy un fanático del “pactismo”, aunque creo que determinadas materias, dadas las circunstancias concretas de la situación política española, requieren de una disposición de trabajo conjunto. Ejemplo típico: lucha antiterrorista. A pesar de lo sucedido en estos 4 años, con el tema de la tregua, creo que la lucha contraterrorista es un asunto supraideológico. Sería el equivalente a la guerra mundial de Churchill. Otra materia en la que un pacto es necesario como el agua de mayo: la Educación. Tras más casi dos décadas de vaivenes educativos, se hace imprescindible la creación de un modelo estable de enseñanza.
Ello no quiere decir que se anule el imprescindible debate democrático y la lógica imposición de la voluntad de la mayoría sobre la minoría, en caso de desacuerdo. Lo que está claro es que el consenso suele ser deseable (especialmente si lleva a acuerdos que luego funcionan en la práctica).