Normalmente se contrapone ser un viajero a ser un turista, dotándole a ambas categorías de significados existenciales diferentes y hasta antinómicos. Evidentemente la retórica que hace esta distinción prefiere el ser viajero sobre el ser turista, menospreciando al turista, hablando de la autenticidad del viajero frente a la superficialidad del turista.
Si ser viajero es tan bueno me asalta la siguiente pregunta: ¿por qué todos los gobiernos quieren atraer turismo hacia su país y no hacen una política para atraer a viajeros?
El viajero contemporáneo es la continuación del viajero romántico. El viajero romántico buscaba experimentar el Volksgeist y para ello recorrieron con entusiasmo los países menos industrializados de Europa, es decir, los más agrícolas, pobres y retrasados. El viajero piensa que su forma de visitar los países les acerca a la vida verdadera del lugar visitado.
El viajero desea el atraso de la tierra visitada y no aporta nada a ella, para que no cambie. Cuando un país o un territorio deja su atraso el viajero desaparece porque para él el desarrollo económico y el bienestar va en contra de la autenticidad que él busca y, de camino, sale algo más caro ser viajero.
No podemos decir, en cambio, que al turista no le interese ningún aspecto del país que visita. Un simple paseo por los monumentos y museos nos permitirán comprobar como millones de turistas españoles y extranjeros los visitan, siendo estas visitas el motivo de su traslado.
Es evidente que los que comparten la retórica del viajero, o mística, consideran que ir a París y ver el Louvre, Orsay y la torre Eiffel es una horterada que no te permite imbuirte de la verdadera vivencia de París. Si uno va a París, en mi opinión, lo mejor que puede hacer es visitar lo famoso y lo que todo el mundo ve, porque para imbuirse de lo qué es una ciudad, y más una cultura, necesita de mucho tiempo, el preciso para vivir en ese lugar.
Esto último es lo que la mística del viajero oculta. Muchos de los propagandistas que se dedican a acomplejar a los turistas realmente tienen recursos suficientes o han hecho de su mística una profesión que les permite no tener que estar en un lugar determinado para ir a trabajar a una hora determinada. Lo gracioso es que cuando la autenticidad también se ha convertido en algo querido para los turistas y se han incorporado muchas sugerencias “auténticas” a las guías de viaje, ellos se empeñan siempre en lo que no aparece en las guías, normalmente no por descubrir y dar a conocer, sino por ánimo de exclusivismo.
Hay un tipo de turismo que cumple con una función que es la de proporcionar los servicios que ofrece y es independiente del lugar en el que se dé. Es un turismo abstracto, pero que sirve al país receptor, ya que exige una inversión puntual en una zona del territorio y grandes ingresos. Quien lo quiera emplear no sólo es libre de hacerlo, algo obvio, sino que está haciendo hasta algo bueno para el sitio al que va, independientemente de que recuerde su nombre.
Una mística o retórica del viajero es una expresión “cool” de un espíritu conservador de lo más rancio, que desprecia que la mayoría de los españoles puedan acceder a los sitios que hasta entonces estaban reservados a una minoría selecta de viajeros.






Yo no veo al viajero y al turista como dos figuras contrapuestas o como caras de la misma moneda.
Ser viajero es una forma de vida a la que no todos tienen acceso, mientras que hacer de turista es una búsqueda puntual de la aventura que te haga salir de la rutina. Ambas cosas no tienen que ver más que el hecho de trasladarse de un lugar a otro, pero a veces este desplazamiento también tiene lugar trabajando y no se nos ocurre hablar de viajero ni de turista, quizá sea porque en esta sociedad el trabajo absorbe tanto que cuando aparece no deja hueco para nada más.
Volviendo al tema del turismo, he de reconocer que me deja indiferente. Creo, como Roquentin, el protagonista de La Nausea de Sartre, que la aventura solo tiene sentido cuando se escribe, o, añado yo, cuando se cuenta. Y el viaje turístico, a menudo está tan vacío que no tiene otro sentido que ser recordado una y otra vez contandóselo a los amigos y conocidos para revivir aquél intento de abandonar la rutina que en el fondo resultó fallido en el mismo instante en el que se terminó sin haber cumplido su objetivo. La mejor solución contra la rutina es vivirla con la mayor intensidad posible sin buscar redención al aburrimiento encomendándonos al sueño del viaje que haremos cuando nuestro trabajo nos permita darnos un respiro.
No obstante lo anterior, eso del turismo es algo que no descarto para el futuro, pero sin esperar grandes cosas.
Un saludo.
Yo me he hecho un turista orgulloso de serlo.
Ciertamente es difícil ser visitante clásico porque, como bien dices, ello requiere a menudo mucho tiempo. Se sea eso o turista creo que lo importante es respetar la cultura que se visita, intentando pasar desparecibido para poder observarla sin alterar el entorno. A menudo, los turistas hacen que lo que les rodea sea distinto a como es el resto del año.
Escribí más o menos sobre ello: http://enrictomas.blogspot.com/2008/08/slo-sois-turistas.html
(últimamente hemops coincidio en temática). Saludos!
Enric, la pregunta que yo lanzo es si es tan mala esta variación del entorno. Si yo fuera gobernante de uno de estos países pobres pero con viajeros (que no turistas) estaría deseando que llegasen miles o decenas de miles de viajes organizados, que se levantasen hoteles en mis ciudades y que tuviesen empleo mis ciudadanos.
El viajero muchas veces paladea la miseria, el retraso y muchas cosas más que él no querría vivir en su país de origen.
Tienes razón. La verdad es que a menudo solemos ver países del “tercer mundo” con ojos europeos. Deberíamos ver las cosas desde un nuevo punto de vista, teniendo en cuenta que los países más miserables quizás prefieren comida y buenas servicios a mantener la virginidad de sus playas.