Cuando las cosas andan mal para un partido político todo lo que suceda en él va a ser negativo, cuando en el fondo representa algo esperado y deseado por propios y extraños. Desde muchos lugares se le ha pedido al PP que se desembarace de personajes de otros tiempos como Zaplana y Acebes.
Pero cuando esto ha ocurrido, más que renovación en el PP, de lo que ha dado imagen es de descomposición. Alguno habrá pensado que hasta las ratas están saltando del barco.
El problema que tiene el PP no es pequeño. Actualmente se le plantean dos opciones: Rajoy y Aguirre. Rajoy es un perdedor y ha tenido la oportunidad de demostrarlo en dos elecciones seguidas, y lo seguirá siendo. El hecho de haber sido el sucesor de un Presidente que terminó su mandato en medio de un gran descrédito, que él ha alimentado en los últimos cuatro años, hace que su capital político se haya reducido tanto como para no representar ningún futuro ni ilusión entre sus filas.
La otra posibilidad es Aguirre, transuto político de Jiménez Losantos y de Pedro J. Aguirre heredó una mayoría absoluta de Gallardón que desperdició y sólo encontró remedio en ese turbio asunto del “Tamayazo”. Los resultados del PP en Madrid, tengo la impresión, no son tanto de Aguirre como del propio partido, por más que ella los quiera patrimonializar. Pero lo peor es que Aguirre no es querida dentro de su partido, poco valorada en el resto de España y excesivamente dependiente de poderes muy evidentes como para ejercer influencia indirecta.
El PP se encuentra en una difícil encrucijada: o Rajoy y su abono a su derrota, o Aguirre y su escoramiento a las tendencias más conservadoras dentro de la derecha española, por más que se disfrace de liberal. ¿Es posible no elegir a nadie durante dos años?






Mejor Aguirre, mucho mejor. Será la única forma de que el PP termine de autodestruirse y así empiece completamente de cero. Para terminar con la peste hay que quemar los cadáveres.