Dentro del discurso de la “regeneración democrática” (amorfo, sin sistematicidad ni coherencia y que coincide más con intereses particular y puntuales que con convicciones) no han faltado quienes recuperaran la idea de Fraga de que el sistema electoral fuera mayoritario uninominal, es decir, un escaño por circunscripción llevándoselo en candidato más votado.
La adopción del sistema mayoritario solamente garantizaría, en mi opinión, una gran estabilidad a los gobiernos que nacieran de las elecciones, que tendrían prácticamente garantizada la mayoría absoluta. El sistema mayoritario, por definición, es contrario al proporcional, por lo que se sacrificaría la expresión de unidades políticas mayores a favor de otras menores. Pero el principal problema es que en elecciones muy competitivas puede darle una mayoría absoluta a quien tiene menos votos. Pongamos un ejemplo simple, pero ilustrativo.
Se puede comprobar como el Partido A con menos votos que el Partido B puede hacerse no con más escaños, sino con una diferencia escandalosa de cuatro a uno. El sistema mayoritario puede producir que el partido menos apoyado sea el que gobierne con una mayoría absoluta que solamente representaría a una minoría de votantes: ¿sería esto “regeneración democrática”?
Otros quieren perfilar el sistema mayoritario con la introducción de una segunda vuelta. La segunda vuelta consiste en que habrá unas nuevas elecciones entre los dos candidatos más votados, siempre que el ganador no consiga una cuota de votos (generalmente la mitad más uno de los votos válidos).
Este sistema, muy extendido en Francia, pero poco en otros países, incentiva la proliferación de candidaturas en la primera vuelta con la esperanza de pasar, y el voto de bloque o útil en la segunda vuelta. Teniendo en cuenta que una de las bestias negras de los regeneradores democráticos es el voto útil, llama poderosamente la atención que algunos de ellos reclamen un sistema (mayoritario a dos vueltas) que incentiva esta forma de elección.
El último elemento problemático del sistema mayoritario es la definición de las circunscripciones electorales. Nuestras actuales circunscripciones, las provincias (de cuyas diputaciones yo aborrezco) sólo presentaban la ventaja de que ya existían, aunque su elección también vino muy bien a la UCD. El diseño de un nuevo mapa electoral, creando circunscripciones y reformándolas cada elección para que tengan un población equilibrada es terreno abonado para que el gobierno de turno pueda caer en la tentación del “Gerrymandering”, es decir, modificar los distritos electorales para dividir los más adversos y diluir sus partes en zonas más propensas. Esto tampoco contribuiría mucho a la tan cacareada “regeneración democrática”.







¡Ojo! LAs circunscripciones no vinieron muy bien a UCD, UCD se lo montó para que le vinieran bien. Que no es lo mismo.
Anyway, los términos “regeneración democrática” me huelen a paella de menú a 6 euros.
Con lo bien que estamos ahora.
En 1977 y en 1979 sí que le vinieron bien. El problema es que cuando las mayorías cambiaron y perdieron en todas las provincias, la mayoría del PSOE en 1982 fue un ejemplo de un sistema que se te vuelve en contra.
Sí… menú de paella a 6 euros o de huevos frutos a 5.