Las palabras “regeneración democrática” son una de esas expresiones que ha acompañado el nacimiento y desarrollo de nuestra democracia. Una de las formaciones que se integraron en AP ya llevaba el bonito nombre de “Renovación Democrática” y eso que eran las primeras elecciones en casi cuarenta años.
La derecha ha explotado el tópico de que nuestra democracia no estaba al nivel de las democracias occidentales, porque era una joven democracia o simplemente porque los españoles somos tontos. Las exigencias o peticiones de regeneración democrática se acentuaron cuando el PSOE ganaba elecciones por mayoría absoluta, por lo que se puede intuir que realmente lo que era regeneración no era más que un eufemismo de “cambiemos el sistema para que González no vuelva a ser Presidente”.
Uno de los mecanismos de los que se ha hablado para esa “regeneración democrática” ha sido el de establecer las listas abiertas en nuestro sistema. Las listas abiertas se han presentado como la panacea, pero sin explicar demasiado ni en qué consiste ni en su escasa utilidad.
Se dice que las listas abiertas proporcionarían a los electores un mayor conocimiento de los candidatos y la posibilidad de votar a varios candidatos independientemente del partido al que pertenezcan. Esto que queda bonito sobre la teoría es irreal y las experiencias de listas abiertas en nuestro país nos dice que no es así.
Imaginemos una circunscripción como Sevilla, que elige a doce diputados. Cada candidatura presenta a doce candidatos y a tres suplentes, en total quince personas conforman una lista. Si históricamente han sido cuatro los partidos (PSOE, PP, IU y PA) que han logrado representación por Sevilla (UCD ya no existe), nos encontraríamos con la feliz idea de que los ciudadanos conocerían, además de las propuestas de cada partido, quiénes son los sesenta candidatos de las cuatro formaciones con más probabilidad de sacar representación.
No es que yo desconfíe de mis paisanos, pero por muy apasionado que se sea de la política creo que habrá pocas personas que lleguen a ese extremo, de forma que el objetivo de ese mecanismo de “regeneración” no se verá cumplido. Estamos hablando de una circunscripción mediana, como Sevilla, pero esto se volvería hilarante en Madrid donde se eligen treinta y cinco diputados, con suplentes sumados, que multiplicado por las formaciones actualmente existentes que han obtenido representación en las últimas elecciones no arrojaría la simpática cifra de al menos ciento cincuenta y dos candidatos susceptibles de ser conocidos.
Pero lo gracioso de este asunto de las listas abiertas es que ya existen en nuestro sistema electoral y pasan sin pena ni gloria. Las famosas listas abiertas es el método que se emplea para la elección de los senadores. La inmensa mayoría de nosotros votamos la candidatura del mismo partido que hemos votado para el Congreso.
A esta objeción habría quien dijera que la verdadera regeneración se daría si las elecciones se celebrasen en distritos uninominales y siendo elegido el que más votos saque, pero esto lo trataré en otra entrada.







Interesantísimo tema, sí señor.
Hablar de regeneración democrática es consustancial a todo partido que no esté gobernando en ese momento. Es más, me aventuraría a decir que es la cantidad de veces que en mítines públicos o en el programa electoral se diga tal afirmación es inversamente proporcional al grado de representación que el partido X ostentaba en la legislatura anterior a las elecciones. Al menos, eso es lo que veo en UPyD (cuya diputada se hartó de hablar de eso de la regeneración sin explicarlo nunca) y en otros partidos que se presentan siempre como alternativa nueva al gobernante en las locales de las ciudades donde resido. Esas dos palabras, siempre juntas, eso sí, son una bella forma de rellenar espacio en unas ideologías oportunistas, por no decir inexistentes.
Por otro lado, muy cierto es que las listas abiertas, a día de hoy, traerían muchos más problemas que las cerradas y bloqueadas de hoy en día, ya que hay una inmensa masa de población que no comprendería qué debe hacer para ver materializada su opinión en forma de voto. Por mucho que hablemos de la abstención en España (que envidiarían otros muchos sistemas políticos) y de las formas de solventarla, el sistema de listas abiertas haría que votase mucha menos gente aún, hasta quedarnos por debajo incluso de la participación electoral norteamericana. Porque, Geógrafo, supongo que en las últimas elecciones en que, como yo, estuviste de apoderado, te hartarías de explicar ya no sólo cómo se vota para el Senado, sino también qué papeleta va en cada sobre, cómo ha usted de votar a Zapatero/ Rajoy (una señora muy mayor me llegó a decir que ella quería votar “al González”), etc…
Y es que por el mero hecho de que unos “freakies” de la política anhelemos poder premiar/castigar a candidatos y partidos nuestro sistema no deja de ser eficaz, coherente (tengo mis reservas con el Senado)y el más adecuado para la España de hoy en día, por mucho que, a veces, nos tengamos que tragar candidatos de dudosa reputación.
Mucho ha de cambiar nuestra sociedad antes de que pueda cambiar nuestra cultura política, ¿no crees?
No puedo estar más de acuerdo con lo que has puesto. Efectivamente la regeneración es inversamente proporcional a la representación que tenía y a las posibilidades de gobernar (no he querido citar a la UPyD porque me dirán que les tengo manía).
La eficacia del sistema no es poco. La participación en un sistema sí es proporcional a la comprensión que se tenga del mismo.
Comparto la misma experiencia de apoderado que tú. Nos cansamos de explicar, los de todos los partidos, y a la hora del escrutinio había sobres para el Congreso con papeletas para el Senado y viceversa.
pues un tema muy interesante ya que lo que tiene que ver es con la democracia del pais tengo entendido no…