Los casos más extremos de mayor intensión se dan en los extremos del espectro político, que presenta un panorama de partidos que no son más grupúsculos fragmentados, que es la extensión mínima consecuencia de una intensión alta.
La explicación de este fenómeno de fragmentación de los extremos políticos tiene una explicación básicamente psicológica. Los extremos se caracterizan por su dogmatismo, independientemente de que hablemos de extremos de izquierda o de derecha.
Todas las personas tenemos convicciones pero no todas tienen la misma importancia. Hay convicciones que podemos modificar sin cambiar nuestra perspectiva o sin considerar que haya una quiebra en las referencias existenciales, mientras que hay otras que su mutación sí produciría una cambio en la forma de ver la realidad. Cuando se consideran que cualquiera de las convicciones es esencial, imprescindible e inamovible estamos ante una mentalidad dogmática o dogmatismo.
En la mentalidad dogmática cualquier opinión es, como acabo de decir, esencial, imprescindible e inamovible, por lo que la más mínima desviación supone una herejía inasumible. Los extremos lo son porque no tienen ninguna transigencia ideológica hacia eso que llamamos “centro político”.
La consecuencia política es que los extremos se encuentran absolutamente fragmentados en partidos de denominaciones parecidas pero cuyas diferencias justifican, para sus militantes y dirigentes la pervivencia como formación independiente.
La repercusión electoral es conocida por todos. Si el electorado es poco proclive s los dogmatismos, la pequeña proporción que sí lo es tiene un panorama tan amplio que se reparte diluyendo la lejana posibilidad de obtener representación. En todo caso a los extremos el resultado electoral, a pesar de presentarse a las elecciones, tiene poca importancia, porque ellos consideran que tienen la razón por más que millones de personas piensen lo contrario y no se fíe de ellos.





