Otro de los lugares comunes de nuestra política es hablar de “pactos de Estado”. Es una reedición, dicen, del “Espíritu de Transición”. Nadie ha definido con precisión, que yo sepa, qué debería estar dentro de estos “pactos de Estado”.
Según intuyo firmar “pactos de Estado” debe ser llegar a un acuerdo en asuntos importantes como son la política territorial, la justicia, la administración, la política exterior, la educación, la universidad, la financiación autonómica y municipal, gestión sanitaria o el clásico de la política antiterrorista.
Deduzco que consideran que estas cuestiones deben basar del debate político diario, tomar una línea absolutamente invariable independientemente del partido que gobierne, ganando en estabilidad. Tengo la impresión que muchos defienden este pactismo de buena fe, pero los “pactos de Estado” o el pactismo tiene un reverso tenebroso.
Puede ser empleado por el gobierno de turno para intentar desarticular a la oposición, de forma que acordándolo todo la oposición sólo pueda ejercer su labor sobre cuestiones nimias, así como destruyéndola ideológicamente, pues eso siempre tiene más perdón para quien está en el poder.
Por otro lado puede ser una estrategia de la oposición para igualar su minoría a la mayoría del gobierno. En una negociación entre dos grandes partidos las diferencias representativas se reducen a cero. De esta forma la oposición consigue un derecho a veto que no está reconocido en nuestro sistema político.
Si la política territorial, la justicia, la administración, la política exterior, la educación, la universidad, la financiación autonómica y municipal, gestión sanitaria o el clásico de la política antiterrorista se acuerdan por medio de “pactos de Estado” muchos podríamos preguntarnos qué sentido tiene ir a votar si al final todo gobierno tiene el margen estrecho de actuación que le dan los “pactos de Estado”. Sería algo así como tener un programa socialpopular siendo indiferente el partido que esté en el gobierno, con las consecuencias que esto podría tener.
El verdadero “pacto de Estado” es la Constitución. Una Constitución sí debe ser fruto de un gran pacto de todas las fuerzas, pero proceso constituyente tiene su momento y sobre todo su forma.
Si la Constitución se ha quedado desfasada o no responde a las necesidades, cabe reformarla. Lo que considero que no tiene mucho sentido es ir haciendo “constituciones de tercera” en forma de acuerdos políticos. No niego que puntualmente estos “pactos de Estado” hayan tenido sentido y utilidad, aunque también pienso que el arquetipo, “Los Pactos de La Moncloa”, han sido apresados dentro de la mitología de la Transición. Puede que puntualmente los “pactos de Estado” puedan ser necesarios, pero desde luego no han de convertirse ni en el instrumento de gobierno, ni en el de oposición, ni en el ideal de la vida política.







Hola Geógrafo. Hombre, tienes razón en que no tiene sentido en la democracia buscar un pacto absolutamente en todos los ámbitos de la política. Aún así, pienso que sería muy beneficioso para el país que se llegara a un entendimiento en dos temas básicos a los que tú te has referido: Educación y política antiterrorista. Pienso que no es asumible para un país moderno que la educación sea un arma arrojadiza y sufra los vaivenes de los sucesivos gobiernos. Del terrorismo, creo que no tengo que explicar mis razones.
Disiento de tu opinión cuando dices que un pacto ata a la oposición. Formar parte de un pacto no quiere decir que no puedas ejercer tu derecho a la crítica, que busques continuas mejoras de lo pactado o que denuncies los incumplimientos. Supongo que es una forma muy diferente de hacer oposición y que no estamos acostumbrados a ello.
Por otro lado pienso que al PP le habría ido mucho mejor en las pasadas elecciones si hubiera buscado más entendimiento con el gobierno y menos crispación… y visto así no sé si es bueno que pacten.
Un saludo, amigo.
Comparto tu visión del tema.
El pactismo es bueno, pero debería limitarse únicamente a definir las reglas del juego, que fue lo que ocurrió (con matices) en la transición. Mantener la cultura del pacto más allá de este límite es otorgar un enorme poder de veto a la oposición, consiguiendo, como tú comentas, una tiranía de la minoría y, en la práctica, el mantenimiento del status quo.
Es lógico que desde el PP se defienda la cultura del pacto, teniendo en cuenta precisamente que es otra forma más de conservadurismo. Pero, para el bien de la sociedad, lo más positivo es dar manos libres al gobierno de turno para hacer las leyes y reformas que considere oportuno. Si el pactismo de la Transición se hubiera mantenido durante treinta años más, hoy no tendríamos ni estado del bienestar, ni aborto, ni matrimonio homosexual… ni otras muchas leyes progresistas que jamás la derecha hubiera tolerado.
Y es que, al fin y al cabo, quien debe marcar el ritmo de las reformas no es la oposición, sino las urnas: si los ciudadanos consideran que una política es demasiado radical, siempre tienen las elecciones como mecanismo para contrarrestarla.
Personalmente, no creo en los Pactos de Estado. Creo en la oposición responsable y constructiva.
¡Un saludo!