Tengo la intención de escribir una entrada dedicada a las diferencias entre Juan Pablo II y Benedicto XVI. Los analistas más superficiales ven al actual Papa como un mero continuador de la tesis de su predecesor, además de considerar un Pontífice de transición dada su edad. Esto último es cierto, porque responde a un dato objetivo.
Hay algunas diferencias a las se prestan poca atención. Ahora solamente me voy centrar en la elección del nuevo Prepósito General de la Compañía de Jesús, Adolfo Nicolás. El hecho que este hombre, proveniente de la provincia jesuítica de Japón como Arrupe, haya accedido a la dirección de la Compañía de Jesús supone una victoria del ala moderada de la orden (que sería muy izquierdista en otras órdenes) y la derrota del intento de los sectores más conservadores de la Iglesia de colocar al frente de la Compañía a alguien más cercano a los postulados de otras instituciones que a la espiritualidad fundacional de la Compañía.
Que Benedicto XVI haya accedido a que ésta sea la elección es una prueba más que confía mucho más en las instituciones tradicionales de la Iglesia, que en los nuevos movimientos con más capacidad de movilización para llenar estadios y recintos que de convicción en una sociedad muy secularizada.
Benedicto XVI sabe que la Compañía de Jesús ha sido y es un instrumento fundamental de la Iglesia Católica y que continuar la campaña de ataque y de descrédito hacia esta orden por parte de numerosos jerarcas católicos y de medios religiosos es una especie de suicidio institucional. El lugar de los jesuitas no se puede ocultar fácilmente, porque todos quieren la gloria que se gana por ser la vanguardia, pero nadie los riesgos e incomodidades que hay que asumir por ello.
Puede que Benedicto XVI no sea canonizado nunca, pero tiene la inteligencia que les ha faltado a otros, que se han apuntado victorias que no eran realmente suyas. Juan Pablo II puede que sea muy valorado por sus acciones externas, pero dejó a la Iglesia internamente destrozada. El Papa ha dado un paso para la reconstrucción de su confesión, aunque esto tampoco quiere decir que no dé otros muchos en falso, como su intervención televisada en la plaza de Colón.







¿Se refiere a Benito XVI?
Sí, se refiere a Benito XVI, que es la traducción más habitual del nombre latino “Benedictus”, como bien sabes y empleas.
Recordemos que Ratzinger fue el inquisidor mayor en tiempos de Juan Pablo II, que en lo que lleva de Pontificado ya sancionó a varios religiosos y teólogos por no pensar como el y que si el anterior Prepósito General de la Compañía de Jesús renució al cargo, fue por presiones del Vaticano, como se hizo anteriormente con Arrupe. No sé a que viene tanta complacencia ahora con el que excomulgó a miles de católicos en el anterior pontificado y así lo sigue haciendo.
No creo ser complaciente con Benedicto XVI, sino que sólo intento analizar friamente, independientemente del apego o desapego que se puede tener a su persona y trayectoria.
Algunas de las condenas de teólogos fueron delirantes, desde mi perspectiva, pero otras fueron sensatas.
Kolvenbach no ha dimitido por presiones, ni mucho menos. La dimisión se venía rumoreando desde la XXXIV Congregación General en la que se interpretaron las Constituciones para hacer posible la dimisión, pasando el generalato de ser un cargo “ad vitam” a ser “ad vitalitatem”. Si la XXXIV Congregación fue en 1995, si no me falla la memoria, Kolvenbach llevaca trece años acariciando la idea.
Me parece muy objetiva tu apreciación del Papa Benedicto XVI. Haz hecho una observación primordial: la preferencia de Benedicto XVI a las congregaciones de antigua tradición sobre las novedosas y populares.
Me parece que en todos los ámbitos de su Pontificado el Papa denota esta tendencia de “regresar a las fuentes”. Para el Papa, como para mí también, es confortable saber que hay cosas que perduran por los siglos y es en ellas donde podemos recargarnos para descansar.
Haciéndole justicia a Juan Pablo II y reconociendo que los asuntos de curia no eran preciamente primordiales para él, hemos de reconocerle la dimensión universal que supo darle a la Iglesia, sobre todo llevando el Mensaje del Evangelio por todo el mundo. Un camino que le ha dejado andado a Benedicto XVI, quien aunque no viaje mucho, es escuchado por esa universalidad que antes Juan Pablo II había logrado.
Saludos Geógrafo Subjetivo.