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El 25 de mayo de 2003 se celebraron elecciones autonómicas y municipales. El PSOE fue el partido que obtuvo más votos en las elecciones municipales, lo cual era un primer toque de trompeta al final del gobierno del PP. Los socialistas, con su nuevo líder al frente, necesitaban visibilizar un mapa donde el azul popular estuviese menos presente.

Los socialistas de Cantabria decidieron hacer una oferta al que había venido siendo el apoyo parlamentario del PP, vicepresidente con los conservadores y encargado de todos los temas urbanísticos y de obras públicas de la región norteña: Miguel Ángel Revilla.

Revilla y su Partido Regionalista de Cantabria había quedado nuevamente los terceros (19,65% de los votos y 8 de 39 diputados regionales) y no tenía perspectivas de mayor crecimiento hasta la Presidencia. Parecía verse condenado a ser el eterno palmero del PP.

Dolores Gorostiaga, secretaria de los socialistas cántabros, le ofreció formar un gobierno de coalición de igual a igual y presidido por él, el líder de la minoría más pequeña del Parlamento de Cantabria. Y emergió ese personaje mediático, gran comunicador y reinventor de sí mismo que es Revilla.

En las coaliciones los socios menores son los que suelen salir perjudicados (el grado depende de algunas variables). Te condenas a ser el socio menor si aceptas entrar en un gobierno presidido por otro, aunque tu número de votos y escaño sea con largura superior. Pasaron cuatro años y ahora Miguel Ángel Revilla consiguió alzarse con la segundo posición, superando a sus socios de gobierno y fue investido nuevamente Presidente.

No tener la Presidencia, a pesar de ser el socio con más apoyos electorales en la coalición de gobierno, perjudicó al PSOE de Cantabria porque elevó a un líder regional de tercera fila. En 2011 y en 2015 Revilla y su partido se han consolidado como la mayor alternativa al PP en la región.

Quien preside un gobierno de coalición, en términos generales, capitaliza lo bueno que pueda hacer ese gobierno. Es por ello por lo que el líder de ERC en el primer tripartito catalán buscó tener un cargo destacado y ejerció un fuerte protagonismo.

Desde Podemos y desde Compromís se propugna que los terceros (o segundos en la coalición) en la Comunidad Valenciana o en Aragón deben ser quienes desempeñen la Presidencia, esto es, ellos deben capitalizar el gobierno mientras que los socialistas se limitan a dar los votos decisivos.

Además de las respectivas presidencias, buscan invisibilizar al PSOE, que es PSOE esté, porque lo necesitan, pero ni que se le note, ni mucho menos que se le vea. Quieren que el PSOE sea una presencia traslúcida al votante que si dentro de sus años está de acuerdo con la labor realizada lo confirme con la papeleta del partido de quien ha desempeñado la Presidencia.

Los neopartidos, y los menos neo-, necesitan del PSOE pero no quieren que se note que el PSOE está. Se inventan argumentos hilarantes para fundamentar sus peticiones (mayor crecimiento relativo o mayor voto en capitales de provincia), fundados en una matemática “ad hoc” o en la idea de que hay votos más valiosos que otros.

Esta planeada preterición del Partido Socialista comienza con la rápida proposición a los socialistas de condiciones duras, presentadas con inocencia pero de gran calado. Si los socialistas no aceptan estas condiciones es porque solamente quieren los cargos, de modo que los socialistas para redimir la tremenda culpa de haber vencido a los neopartidos han de ceder visibilidad y programa, entregando sus diputados y, de camino, la voluntad de sus votantes.

Los dirigentes socialistas han de reflexionar seriamente, como propone la secretaria andaluza, cada uno de los pactos que se le proponen y no actuar con el automatismo de los bloques. La ciudad de Madrid es una excepción y como tal debe ser tratada. En los demás casos han de verse las condiciones de unos y de otros (no sólo las de unos), qué funciones va a desarrollar cada cual sobre qué programa de gobierno y qué persona ha de darle visibilidad a ese gobierno. Los neopartidos se juegan mucho, necesitan éxitos para alimentar a sus sedientos y ansiosos votantes, pero el PSOE también se juega mucho, pero siempre menos que los españoles a los que ha de servir en estos tiempos.

 

 

Dos condiciones de nada

Muchas veces parecen que las exigencias son menos importantes porque sean pocas y, por tanto, rechazar exigencias una condición cuando te han presentado únicamente dos condiciones parece propio de personas poco dialogantes.

Una condición puede tener más importancia que cien condiciones, porque en esto prima no el número, sino el alcance de la condición.

En esas “condiciones de sentido común” de las Podemos alarde y que Pablo Iglesias ha reducido a dos, la segunda no es una simple condición, sino que es en sí misma un proyecto político completo con graves consecuencias.

Propone Podemos “Giro de 180 grados en las políticas de recorte” lo cual implica olvidarse de los objetivos de déficit que nos dejaría fuera del Plan Draghi de deuda barata e inflación. No es una condición junto a otra, ni un simple paso, es una decisión que modula todas las decisiones venideras.

Podemos está falseando la realidad: sus condiciones no son ni de sentido común, ni solamente dos cuando una esconde todo un programa.

El Partido Popular ha vivido una época dorada en lo electoral en muchas regiones y municipios. Daba igual lo que sucediese e incluso los que conformaran la lista de candidatos, era irrelevante que la deuda de las administraciones subiera o que los contratos por los servicios públicos costasen diez más que la gestión directa.

Cualquier circunstancia o acontecimiento les era favorable a los populares: una cosa les beneficiaba a ellos y su contraria también. Ese continuo y, a veces, inexplicable ascenso del PP destrozaba sistemáticamente a la oposición, la cual no sabía cuál era su fondo y se disolvía en las luchas intestinas inherentes a cuando la derrota electoral es convierte en costumbre.

Los conservadores nunca pensaron que la mayoría de los españoles adoptaran conceptos críticos con el modelo especulativo sobre el que se ha sostenido la política económica del PP.

Pero lo que estaba fuera de toda previsión de los estrategas del PP era que la apoliticidad ciudadana se desvaneciera y la política, aunque despreciada en muchas ocasiones, comenzase a interesar a los ciudadanos.

Y finalmente el Partido Popular ha jugado a sacar lustre de unos datos macroeconómicos que hieren aún más a los millones de españoles que padecen las consecuencias de la crisis económica.

Mintieron con la crisis afirmando que era responsabilidad exclusiva del Presidente Rodríguez Zapatero, de forma que el simple cambio de gobierno conllevaría una mejora inmediata de la Economía. Mintieron y nuevamente pagan sus mentiras.

El Partido Popular he perdido el encanto para sus fieles votantes en las locales y autonómicas. En adelante no va a ganar independientemente de su gestión, presentando a imputados que incluso han estado en prisión preventiva, no va a subir en votos porque sí y los ciudadanos van a comenzar a ser exigentes con ellos y más ahora.

Desde 1995 le era de aplicación al PP en muchos territorios la “Teoría de la Cabra”, según la cual ganaban aunque la lista la encabezase una cabra. En mayo de 2015 el PP ha dejado de ser un partido caprino.

El Presidente del Gobierno insiste en que España no puede estar gobernada por tertulianos. Estando de acuerdo con él, sí me permito recordarle que en su Consejo de Ministros se sientan cinco personas que eran tertulianas en la cadena televisiva Intereconomía, según dijo la propia emisora.

TertualianosIntereconomia
Visto el resultado desastroso que este gobierno ha tenido, solamente cabe estar de acuerdo con Rajoy y pedir que ni los tertulianos sean ministros, ni que continúe en su puesto el Presidente que hizo ministros a tantos tertulianos.

 

Un acierto

Pedro Sánchez, en un solo día, desarmó la estructura organizativa del PSM, quitó a Tomás Gómez como candidato a la Comunidad y propuso que Ángel Gabilondo ocupase ese puesto en la lista del PSM este pasado 25 de mayo.

La noche electoral, los medios de izquierda contrarios al PSOE consideraban que los resultados arrojaban un fracaso de la opción de Sánchez. Los mismos que decían que el PSOE se había suicidado en Madrid, no querían darle importancia al buen resultado del PSM liderado electoralmente por Gabilondo.

¿Qué hubiera pasado si Pedro Sánchez no hubiera dado ese golpe de mano? Los posibles que no se han realizado son difícilmente valorables, pero sí podemos ver un sitio donde se siguieron haciendo las cosas como hasta entonces, el municipio de Madrid, y cuál ha sido el resultado.

La victoria era sumamente difícil y se ha estado cerca de que un potencial pacto de izquierda pudiera hacerse con la mayoría absoluta, pero el resultado ha roto la dinámica de descenso geométrico del PSM en la región y ha dado un líder fuerte y solvente al PSM que ojalá continúe al frente del cartel electoral y del programa de los socialistas madrileños.

El PSOE aguanta

El PSOE ha mantenido en tipo en unas circunstancias difíciles para el partido. Desde las Elecciones Europeas de hace un año hay una legión diciendo que el PSOE va a desaparecer sino se pasa en su plenitud al reino de los podemistas.

El PSOE no ha desaparecido, como vaticinaban con seguridad, precisamente porque no han atendido sus requerimientos, porque ha hecho lo contrario a lo que le pedían. El PSOE se ha mantenido firme en su proyecto socialdemócrata y ha sido, y esos son los datos y no otros, el segundo partido más votado de España.

El Podemismo se atribuye éxitos como Barcelona, que poco tiene que ver con ellos, o Madrid donde la diferencia entre los resultados en las municipales y en las autonómicas hace pensar que la fuerza de Podemos es menor que la de Ahora Madrid.

Hay mucho, demasiado interés, en que el PSOE dé un giro a la izquierda neta y abandone su “espacio natural”. Así les quedará libre el terreno a unos para adueñarse del centro-izquierda, donde están las opciones de gobierno, y a otros del ala izquierda de los socialista por medio de la fagocitación.

El PSOE debe hacer una lectura exacta y reposada de los resultados desde los propios resultados y no desde el frenesí de las encuestas o de las columnas de opinión. Solamente de ese análisis se podrán tomar decisiones acertadas.

En estos años nuestro el voto se ha concentrado en los dos principales partidos políticos. El escenario que se dibuja progresivamente es el de un sistema de partidos de 2+2, esto es, con el PP y el PSOE como principales partidos nacionales y con Podemos y Ciudadanos como partidos secundarios en términos generales.

Todavía quedan muchas cosas que perfilar. La primera y más importante la existencia o no de sintonía para los que todo el mundo cree que son los pactos naturales entre PSOE y Podemos y entre PP y Ciudadanos. Si Ciudadanos optase por no secundar al PP, el PSOE multiplicaría sus opciones como eje político desde el centro a la izquierda.

Todos estos años se ha vendido, especialmente a través de los medios de comunicación derechistas, que los pactos entre partidos después de las elecciones son antidemocráticos.

No era una convicción, que de haberlo sido debería haber conllevado un sistema político y electoral más parecido al británico (“el primero se lo lleva todo”), sino una mera estrategia electoral.

La estrategia a largo plazo del PP ha consistido en ser la única fuerza desde el centro a la derecha, optimizando todos los votos. La doctrina de que ha de votar el que más voto haya tenido era el cierre de bóveda para los casos en los que los populares vencieran sin mayoría absoluta.

El último ejemplo de que esto no es una convicción sino una estrategia lo encontramos en el proceso de investidura de Susana Díaz como Presidenta de la Junta de Andalucía. La mera abstención del PP hubiera posibilitado la investidura de la candidata más votada, con diferencia, y ellos han votado “no” por tres ocasiones.

Los pactos tienen que ser revalorizados y no ser presentados con la infantil y falaz imagen de “ganar en los despachos, lo que no se ha conseguido en las urnas”. Si hay pacto es porque realmente no ha habido un ganador.

Los pactos posibilitan gobiernos fuertes y programas que se pueden ejecutar, algo mejor que la aritmética variable que solamente tienen sentido como solución ante la imposibilidad de pactos estables.

Se desprecia el reparto de funciones como si se tratase “per se” de un mercadeo de puestos. Puede convertirse en un mercadeo, pero delimitar qué socio de gobierno se encarga de ejecutar cada parte del programa y concretar los medios y presupuestos con lo que habrá de contar es imprescindible.

Parece que la mayoría de izquierda demanda a las candidaturas y partidos que han votado un acuerdo que posibilite gobiernos de izquierda allí donde han vencido. Deben hacerlo estableciendo antes que nada a un programa de gobierno y han de nombrar a los mejores disponible y, sobre todo, deben colaborar a cambiar el imaginario colectivo donde el pacto es malo.

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